“Avengers EndGame” y la cultura popular

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La anterior semana Mauricio Souza desestimó el visionado de “Avengers EndGame”, en su opinión una película de las muchas que se realizan hoy adecuándose a la mentalidad de un niño y que son exitosamente acogidas por los millones de adultos infantilizados por las industrias culturales. Repitió así un viejo argumento en contra de la cultura popular, que una conspicua escuela de teóricos considera primitiva y basta –es decir, en muchos sentidos, infantil–, en contraste con la “alta cultura” que esta corriente caracteriza, en cambio, como compleja, refinada y madura.

Es importante anotar que la opinión de Mauricio envuelve en un mismo anatema a la película de los hermanos Russo y a su consumo por las audiencias; no es solo, entonces, una crítica al populismo cultural de Hollywood, sino también, plenamente, a la cultura popular. Siguiendo una teoría comunicacional estrechamente relacionada con la escuela crítica mencionada, que recibe el nombre de “teoría hipodérmica de la comunicación”, Souza considera que la intención de los creadores de una película (adecuarse a la mentalidad de un niño) corresponde limpiamente con el efecto que logra en los consumidores (los cuales ven esta película, en efecto, como niños).

Basados en esta equivalencia, muchos historiadores y antropólogos supusieron que estudiar los bienes culturales que fueron popularmente consumidos en el Renacimiento, como libros, santorales, atlas, obras didácticas, etc., era ya estudiar la mentalidad popular de aquel tiempo, como señala Carlo Ginzburg en su clásico libro “El queso y los gusanos”. De una manera más arrogante, el filósofo Michael Foucault señaló que, dado que solo podemos conocer la cultura popular de la época mencionada a través de las interacciones que han tenido con ella las clases dominantes, entonces de la cultura popular renacentista “no existe más que en el gesto que la suprime”. Frente a ello, Ginzburg y otros probaron con sus trabajos que incluso en periodos como este, remotos y de los que tenemos pocos datos, la cultura popular excedía a las entonces incipientes industrias culturales. “El queso y los gusanos” trata de la forma en que un molinero del siglo XVI leyó un puñado de libros seculares y religiosos, algunos aceptados por la Iglesia y otros semi-herejes; libros que había encontrado y usado de manera remarcablemente activa a lo largo de su vida: adaptándolos a sus necesidades e incorporándolos a través de “filtros” deformantes, uno de los cuales era el “sentido común” campesino sobre la tolerancia religiosa, las buenas obras, etc. La experiencia del molinero prueba fehacientemente que las interpretaciones populares transforman el “original” que abordan.

Para la “teoría de las audiencias”, uno de cuyos más preclaros representantes es el latinoamericano Jesús Martín Barbero, esta es la característica natural del consumo cultural. En lugar de ser inyectado “hipodérmicamente” desde fuera por el creador del mensaje, el sentido final de la comunicación se define internamente, en el consumo de tal mensaje.

Decir que la intención de los productores de “Avengers EndGame” fue ajustarse a la mentalidad de un niño quizá sea demasiado, pero no cabe duda de que la película trató de adecuarse, de no sobrepasar el pensamiento de un joven “nerd”. En el polo del consumo, algunos espectadores en efecto vieron esta película como “nerds”, es decir, disfrazados y creyendo –o pretendiendo que creen– en la “realidad ficticia” de los personajes. Pero al mismo tiempo se suscitaron muchas otras modalidades de consumo: la del adulto que no entiende nada y está ahí por el “fenómeno” de la película, la del que disfruta ver a actores famosos; la del que descree de la transcendencia del espectáculo, pero aprovecha la oportunidad que este le da para reunir a su familia; la del que se fija en los efectos especiales, la del que quiere averiguar si van a revivir a los superhéroes caídos en la anterior película; la del que no se engaña al respecto: van a revivir, pero está interesado en saber cómo demonios podrán hacerlo; la de los que disfrutan de una buena historia no importa cuán superficial sea esta; la de los que pese a todo logran una experiencia estética, tomando en cuenta que tampoco la “alta ficción”, si la reducimos a su esencia argumental, trabaja con elementos demasiado diferentes de los que encontramos en esta película: agonismos, épica, miedo a la muerte, lazos amistosos y la ambigua relación del ser humano con la memoria y el envejecimiento. (Saliéndonos ligeramente de nuestro tema, digamos que el carácter creativo de la cultura popular puede observarse de forma más palmaria en los comentarios y “memes” que se difunden por las redes sociales poco después del final de cada capítulo de “Game of Thrones”, cuando es comentado y resignificado por sus espectadores).

Es cierto que esta teoría ha dado lugar a algunos abusos, como a la suposición de que cualquier mensaje puede ser decodificado o, mejor, “deconstruido” arbitrariamente, es decir, sin considerar lo que en verdad contiene. Derrida y los teóricos posmodernistas defienden este extremo relativismo, lo que llevó a Umberto Eco a combatir la “sobre-interpretación” de los textos. “Sobre-interpretaría” en este caso quien pensara que es posible consumir la última entrega de la saga de Avengers como si se tratara de una obra de arte completa, sin notar que no puede serlo por la falta en ella de cobardes, deseos corporales, traiciones envilecedoras… de una buena cantidad de registros de lo humano, suprimidos por las convenciones del género. ¿Por qué criticar las obras industriales contemporáneas? Para evitar este tipo de “sobre-interpretación”.

En medio de los dos extremos: del gesto crítico que la niega y del exceso teórico que la exalta, la cultura popular –que hoy se alimenta principalmente de películas, y concretamente de películas como esta– se halla viva y a la espera de una investigación que nos la presente en su complejidad. No corresponde a las páginas de Souza o las mías en este blog, claro está, pero sí a las de la sociología y la antropología, no solo porque es desde la cultura popular que las personas interactúan con el sistema político y con las reglas sociales, sino porque resulta notable en sí mismo, y digno de un verdadero esfuerzo de comprensión, que también aquí cientos de personas hayan sacrificado su sueño y su comodidad para saber el final de una historia ficticia antes que nadie más.

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Fernando Molina
Fernando Molina. Periodista y escritor boliviano. En 2012, ganó el premio Rey de España de periodismo iberoamericano. Es colaborador de varias publicaciones bolivianas e internacionales, entre ellas El País de España. Fue director de los semanarios Nueva Economía y Pulso, y subdirector del diario La Prensa. Ha publicado numerosos artículos en medios escritos y digitales de su país y de Santiago de Chile, Madrid y México. Autor de libros de ensayos, biografías, historia intelectual y contemporánea, es uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Bolivia.
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