“El Robo”: una visión cómoda de la historia

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Ya es posible acceder al documental “El Robo”, encargado por la Comisión de Investigación de la Privatización de la Asamblea Legislativa. En este espacio, como corresponde, me concentraré en el producto en sí, sacándolo del contexto político-administrativo en el que fuera publicado.

El documental es formalmente competente, ya que se deja ver con interés; para ello ha usado una amplia gama de recursos audiovisuales: imágenes de archivo, combinación de entrevistas y voz en off, una supuesta investigadora que permite “encarnar” lo que se dice, y darle continuidad; música bien escogida, un montaje activo y bien hecho, etc.

Sin embargo, el guion es abiertamente propagandístico y manipulador. Ni siquiera se intenta mostrar una “contraparte”, un mínimo contraste con lo que se afirma… Aquí la verdad tiene un carácter doctrinario y solo hay que representarla.

Aclaremos que la película no va de los resultados de una investigación de corrupción, como podría pensarse, sino que propone una interpretación extremadamente maniquea y primaria de la historia económica de Bolivia durante las últimas décadas. Por eso también las fuentes consultadas no están constituidas por especialistas, historiadores o periodistas, sino por políticos de la mencionada Comisión (alguna funcionaria de la misma) y trabajadores de las empresas que fueron privatizadas.

Para los autores de esta reconstrucción, la crisis económica que inauguró la década de los 80 del siglo pasado, conocida como “crisis de la hiperinflación”, fue el resultado de una “guerra económica”, de una conspiración de fuerzas oscuras en contra de un gobierno de izquierda, el de la UDP; y su sentido no fue otro que crear las condiciones del ajuste posterior. El desconocido guionista piensa que las empresas estatales de entonces funcionaban todas bien, así que se privatizaron por una única razón: desguazar al Estado. Piensa que la privatización y la capitalización eran la misma cosa, y que puede atribuirse a la actuación de la misma élite, sin diferenciar los grupos que la constituían (lo que exige meter en una sola “red” a gente que en realidad no podía verse la cara; o poner a personajes del gobierno de Paz Zamora en la parte del filme dedicada al primer gobierno de Sánchez de Lozada, y viceversa). Finalmente, piensa que ninguno de los presidentes neoliberales ganó elección alguna, que nunca tuvo apoyo popular, que siempre gobernó por la fuerza y en contra del pueblo. Una concepción extremadamente cómoda, para sus cultores, de lo que fue la historia nacional.

El documental –cabe discutir si le corresponde tal nombre plenamente– señala también que la carencia de dinero que sufría el Estado y que llevó al segundo gobierno de Sánchez de Lozada a tratar de aumentar los ingresos con el “impuestazo”, y al presidente posterior, Carlos Mesa, a confesar que debía “pedir limosna” a los organismos internacionales para pagar los salarios de los funcionarios (lo que era estrictamente real y no se derivaba de la ideología de Mesa, como se ha dicho); que esta aguda falta de recursos estatales se debió exclusivamente a la privatización/capitalización. Para justificar semejante aserto, debe “olvidar” la grave crisis mundial de 1998-99, que es la que en realidad explica lo mencionado. El objetivo publicitario de esta pieza también se hace evidente porque se detiene en Mesa-presidente, cuando este tuvo poco que ver en la liberalización de la economía que se había producido años antes.

En suma, tenemos que “El Robo”, en lugar de hacer o al menos pretender hacer historia, reduce la historia –ya desde su título– a una trama de vaqueros versus asaltabancos, de buenos contra villanos, que, como corresponde al género (me refiero, claro está, al wéstern), termina en un final feliz (la nacionalización) y con una moraleja: “nunca más deben volver”.

Como la vida suele ser irónica, al mismo tiempo los documentalistas (o, podríamos decir, saliéndonos de la temática de esta página, la Comisión de Investigación como tal) dejaron pasar de largo la oportunidad que tenían de esclarecer con profundidad, objetividad y suficientes pruebas ciertos casos de corrupción y deslealtad con el país que sin duda se produjeron en el tiempo de la capitalización y en relación con ella. Por ejemplo, el papel que cumplieron las AFP (las cuales siguen trabajando en el país) en la designación de directores de las empresas y en la formación de poderosas camarillas económicas. O los vínculos nunca del todo dilucidados –en el sentido fuerte de este adjetivo– entre Gonzalo Sánchez de Lozada y la empresa petrolera “pirata” Enron. Comprobamos que las necesidades propagandísticas no son iguales, e incluso pueden ser contradictorias, que la tarea de descubrimiento de la verdad histórica, cuya revelación sigue a la espera de un trabajo serio de investigación y recuento.

Para que una determinada forma de presentar la historia sea creíble, influyente y perdure en el tiempo, debe ser capaz de mostrar los sucesos como lo que son: fragmentarios, una conjunción de azar, necesidad y razón, y tanto hijos del deseo, la maldad y la codicia, como de la esperanza, la ilusión y el desencanto. Las conspiraciones totales solo son totales en su inverosimilitud.

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Fernando Molina
Fernando Molina. Periodista y escritor boliviano. En 2012, ganó el premio Rey de España de periodismo iberoamericano. Es colaborador de varias publicaciones bolivianas e internacionales, entre ellas El País de España. Fue director de los semanarios Nueva Economía y Pulso, y subdirector del diario La Prensa. Ha publicado numerosos artículos en medios escritos y digitales de su país y de Santiago de Chile, Madrid y México. Autor de libros de ensayos, biografías, historia intelectual y contemporánea, es uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Bolivia.
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1 Comentario

  1. Puede preguntar a su pareja el porqué del tono y finalidad del “documental”, ella misma se hizo cargo de que este se llevara adelante.

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