“Los piratas del Caribe. La venganza de Salazar”

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La quinta entrega de la serie “Los piratas del Caribe”, la famosa serie de la Disney (la cual surgió del desarrollo de un juego presentado en uno de sus parques temáticos), ha descontentado a la crítica y a los seguidores más independientes, pese a lo cual parece que tendrá un buen resultado de taquilla. Aunque claro que no el que la casa productora esperaba de su nuevo intento de rentabilizar una idea y un conjunto de personajes que –tanto a causa de los errores cometidos en la cuarta secuela, como del transcurso del tiempo per se– se han desgastado irreversiblemente.

“La venganza de Salazar” profundizó este camino a la decadencia con una gran cantidad de fallas que a mi juicio tienen que ver con la suerte que corrió otro filme de Disney, “El Llanero Solitario” (2013). Estrenado después de la cuarta entrega de “Piratas”, es decir, del capítulo titulado “En mareas misteriosas” (2011), “El Llanero Solitario” constituyó un enorme fiasco comercial (se calcula que al final perdió 150 millones de dólares). Ahora bien, fue dirigido por Gregor Verbinski, también director de las tres primeras entregas de “Los piratas”. Fue escrita por Terry Rossio y Ted Eliott, quienes asimismo escribieron en dúo los primeros cuatro “Piratas” (e inspiraron el éxito de éstos con su idea de combinar historias de piratas y fantasmas, algo que había estado en la tradición de los bucaneros, pero nunca se había tratado realmente y mucho menos en clave de comedia, como ellos hicieron). Por último, uno de los dos protagonistas principales de “El Llanero Solitario” era Johnny Deep, es decir, el héroe de los “Piratas”.

Y aquí viene entonces mi teoría: Creo que el fallo de esta última película de piratas tiene que ver con lo sucedido con aquel western bufo porque, como resultado del estruendoso fracaso de su equipo de estrellas para pasar de las batallas de barcos a las lucha sobre ferrocarriles en el lejano oeste, Disney contrajo una fuerte inseguridad sobre dicho equipo, el cual estaba previsto para hacerse cargo de la quinta y sexta entregas de la franquicia bucaneras, programadas para filmarse –al hilo– en 2014. De modo que primero convirtió las dos proyectadas en una sola película y, en segundo término, postergó el estreno de ésta hasta ahora.

La inseguridad de Disney no solo se manifestó en estas reducciones y dilaciones, sino en problemas de guion para la quinta entrega. Al final este trabajo no contó con Terry Rossio; solo Ted Eliott quedó a cargo de la historia y con la obligación, además, como los ejecutivos de la productora admitieron, de convencer de la idoneidad de la misma a todo el mundo dentro de la empresa. Al fin y al cabo, con el respaldo de tal guion se aprobaría el desembolso de la astronómica cifra de 230 millones de dólares. Esto terminó exigiendo un texto tan solícito y blando como el que al final, inevitablemente, se llevó a filmación.

Disney también contrató a unos recién llegados, los noruegos Joachim Ronning y Espen Sandberg, supuestamente para que aportaran una visión europea y una disciplina de bajo presupuesto a la saga (pues esta se apoyaba demasiado en la superproducción y los efectos visuales), pero, a juzgar por los resultados, para que siguieran disciplinadamente las instrucciones de la maquinaria mercadotécnica.

En suma, creo que “La venganza de Salazar” es el necesario resultado del nerviosismo de la casa productora. Poseer tantos atractivos superficiales juntos quizá explique que no haya terminado siendo una nueva pérdida comercial (tampoco será, sin embargo, un gran negocio, como en cambio sí fueron las primeras entregas), pero a cambio cumplirá el triste papel de enterrar sin gloria a una de las más emocionantes, atractivas –y redituables– “franquicias” (que es como, en un alarde de sinceridad, se las llama ahora) que haya creado el cine popular contemporáneo.

Aunque Eliott es sin duda uno de los más graciosos guionistas actuales (“Aladino”, “Shreck”, “El Dorado”, “El planeta del tesoro”),  su deseo de no fallar y de complacer a todo el mundo (que lo llevó incluso a dejar que Johnny Deep participara activamente en el diseño de la historia) determinó que esta vez fallara gravemente. Su guion es incoherente de mala manera (es decir, sin causar diversión o misterio con ello; provocando tan solo aburrimiento); está innecesariamente cargado de personajes, de modo que no profundiza en ninguno de ellos; está lleno de escenas de acción en las que se plagia a sí mismo, lo que, como es lógico, convierte en repetitivo algo que antes era original (por ejemplo, el robo que incluye llevarse el edificio del banco es una versión aburrida de la lucha entre Jack Sparrow, William Turner y un molino que rueda en “El cofre del hombre muerto”).

Finalmente, la historia de los personajes jóvenes es tan previsible, y ellos tan anodinos, que lo que ocurra con su vida nos importa un bledo.

Los directores noruegos no fueron capaces de darle a la película ningún sesgo definido y personal, y en cambio siguieron el juego destructivo del guion (o de las fuerzas actuantes detrás del guion) y sumaron todo tipo de cosas (cortes y cortes, escotes atrevidos, tiburones fantasmas, hasta un cameo de Paul McCartney) para asegurarse la adhesión de todos, la que es, claro, la mejor manera de no conformar a nadie.

Pese a todo, la relación, digamos “sentimental”, que tenemos con la franquicia se despierta igualmente con esta película. En otra parte he dicho que verla es “como volver con un(a) ex: hay partes que te siguen gustando, pero en general sabes que: a) ya no será igual, el encanto se ha roto, b) la monotonía surgirá, c) el final es previsible… Pero también están Johnny Deep, Geoffrey Rush y Javier Bardem, y ese gran personaje algo mancillado por la industria que se llama Jack Sparrow, así que nadie puede extrañarse si, pese a todo, recaes…”

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Fernando Molina
Fernando Molina. Periodista y escritor boliviano. En 2012, ganó el premio Rey de España de periodismo iberoamericano. Es colaborador de varias publicaciones bolivianas e internacionales, entre ellas El País de España. Fue director de los semanarios Nueva Economía y Pulso, y subdirector del diario La Prensa. Ha publicado numerosos artículos en medios escritos y digitales de su país y de Santiago de Chile, Madrid y México. Autor de libros de ensayos, biografías, historia intelectual y contemporánea, es uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Bolivia.
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