“Fúnebres” de René-Moreno, el primer momento de la crítica literaria
Parto de una idea que vertió Marucio Souza Crespo en diversas oportunidades: La crítica literaria en el país empieza con el texto “Fúnebres” de Gabriel René-Moreno. Hay una edición de Editorial Juventud del año 1989 que contiene este texto. El libro es el segundo tomo de “Estudios de literatura boliviana”. Ahí el texto aparece muy tempranamente y presenta tres aspectos importantes sobre el funcionamiento de la crítica o el estudio de la literatura en Bolivia.
El primer aspecto que salta a la vista es el modo en que Moreno organiza la información, enlazando experiencia personal con análisis literario y con recuerdos y notas biográficas que hablan de cómo surgen estos textos de ocasión. Los textos que componen “Fúnebres” son oraciones, discursos, elegias, sobre aquellos que han muerto. Es un género literario que perpetúa en la memoria de los desaparecidos; los buenos recuerdos del que ya no está, sus virtudes y hazañas, son evocadas, entonces, como aspectos de una vida que se postula como ejemplar, pero que gracias a que ahora se nombra por escrito adquiere otro carácter.
Moreno reconoce que cuando se encontró con ese tipo de textos, al principio no se impresionó demasiado y, es más, tuvo como la necesidad de evitarlos y retirarlos de la clasificación que estaba llevando a cabo. Pero dada su recurrencia tuvo que reparar en ellos para encontrar algo que de por sí era notable, y que no se presentaba a primera vista.
Moreno habla en primera persona, demostrando de ese modo que el crítico también es un lector que se hace en el camino y que reconoce su objeto de estudio cuando se despoja de prejuicios. Y, ante eso, hay que reparar en el hecho de que Moreno jamás oculta lo que siente. Menos aún lo que piensa o lo que desea.
Ese tipo de crítico casi no existe en la actualidad. La crítica es quirúrgica, limpia y científica. O pretende serlo. Y, al hacerlo, mira de lejos algo que de por sí es cercano, como la muerte. Y por ello quizá no sea casual que “Fúnebres” y su tema hayan fundado un modo: primero, organizar una serie de textos, para luego etiquetarlos con un rotulo general y por último, pasar a su análisis.
Hay en este gesto de Moreno al menos tres aspectos que han alivianado el camino a todos los críticos que vinieron después. 1) selecciona el material sobre el cual va a desarrollar su lectura, 2) da un nombre general a esos textos y por lo tanto 3) crea un género haciendo que los textos conformen un archivo vivo. Vivo en el sentido de que dichos textos, hablan y cuentan una historia. La historia de lo que se escribe y se canta cuando alguien ha muerto.
Aquí aparece el segundo rasgo de Moreno. Un rasgo que es menos usual hoy en día, pero existe. Moreno está pendiente del presente. Sigue el paso a lo que sucede y entiende que una parte del conocimiento que lo involucra en la tarea de la escritura parte de una necesidad y un deseo de explicarse a sí mismo lo que sucede, y luego pasa a transmitirlo a los demás y, al hacerlo, inicia la relación entre texto y realidad. Por eso la anécdota sobrevuela “Fúnebres”. Y no se podría entender este ensayo, y fuese un ensayo fallido, si la primera persona del singular no estuviera tan presente. El “yo” de Moreno es un compromiso tanto con la realidad como con el texto a partir de la urgencia que tiene de explicar el contexto de producción y recepción de las salves, oraciones, poemas, versos, discursos que alguien escribe en honor de alguien que falleció.
Esto abre la puerta a la tercera característica de este ensayo. “Fúnebres” tiene momentos en donde la digresión parece llevar al lector hacia el terreno de la historia, de los modos culturales sobre entierros y velatorios. Sobre prácticas sociales religiosas que están relacionadas con el cuidado de los vivos a los muertos. Y esto nos presenta un Moreno que se interesa tanto por lo que dice el texto como por cómo era en realidad aquello que el texto enuncia. Hay una política de la sospecha en el modo en que lee Moreno. No es que sospeche del dato establecido en el libro especifico que ahora compone el género, sino que su sospecha está en que no puede ser posible leer aquellos versos o canciones o discursos o cartas simplemente como eco de una muerte. Esos textos deben decir algo más. Y ese algo más es lo que indirectamente dicen de la sociedad de la que forman parte.
Moreno entiende la labor de lector de la literatura boliviana desde la perspectiva crítica que le da un historiador a la cronología. Sabe que sí, los hechos se suceden unos a otros, pero esa forma de entender es solo una simplificación realizada para facilitar el entendimiento, porque lo que de verdad sucede es que muchas cosas suceden al mismo tiempo. Hay una simultaneidad de acciones. Y esa simultaneidad es la que quiere captar y transmitir en su ensayo. Por ello el ensayo es un artefacto que poca escuela ha dejado, ya sea porque se necesita mucho espacio para decir todo lo que se pretende decir sobre un tema o porque ya no existe ese afán por conocerlo todo y que hace parte de una forma particular del intelectual que escribe y piensa su sociedad.
Hay un registro en la prosa de Moreno que hace que entendamos la lectura crítica de nuestra literatura también como una exploración desde el estilo. No es necesariamente argumentativo. Ni tampoco retórico. La prosa de Moreno es una prosa estéticamente bella. Con control sobre los adjetivos y los verbos. Adjetivos que dan color y especificidad a lo que intenta demostrar y verbos que hacen que el ensayo se lea como una narración donde todo el tiempo suceden acontecimientos. De ese modo, nos enseña que leer es una acción y como tal no es sólo mental, sino física, ya que el cuerpo está comprometido a través de las emociones, del movimiento de las manos, de la respiración y de las palabras que se balbucean en voz baja mientras se lee algo que gusta y sorprende. Imaginamos a Moreno moviendo los labios mientras va leyendo los poemas fúnebres y se exalta mientras lee las razones por las que fue necesario un discurso en el momento del entierro de un prócer.
Que un crítico se declare entusiasta de su objeto de estudio hoy parece una falta de respeto a la academia y una necedad teórica. Sin embargo, hay que reconocer que la historia se ha escrito con esa pulsión de vida. Y no en vano Moreno hoy sigue tan vivo y fértil como en su momento. Hay en “Fúnebres” un estilo que hace que la lectura sea placentera e intelectual al mismo tiempo, como si razón y emoción no estuvieran reñidas, sino que se complementaran.
Y así, se declara verdad que “Fúnebres” inaugura un modo de leer la literatura boliviana y al hacerlo genera una manera de hacer crítica literaria. Una cosa es leer una caja llena de libros con un rótulo. La otra es que esos libros digan algo más que la historia que cuentan de forma particular. Moreno logra hacer las dos cosas. Eso es hacer crítica. Y, como si eso no fuera suficiente, indica que también la sociedad debe estar presente, así como las personas con nombre y apellido. Porque los textos no aparecen de la nada y son escritos por alguien y en respuesta a un acontecimiento.
Entonces, cuando leemos “Fúnebres” no solo estamos leyendo un ensayo; asistimos a una lección de historia social sobre un momento particular en la vida de este país, pero desde el punto de vista de lo que sucede por escrito tras la muerte de alguien que se conoció o se quiso. Al efectuar este movimiento de simultaneidad y de relación entre el yo, el objeto y la realidad, el lector podrá tener una visión mucho más compleja y completa del mundo. Finalmente eso es lo que Moreno desea, porque con seguridad a él le hubiera parecido muy poco solamente hablar de la forma o del estilo de los textos fúnebres. Los fúnebres hablaban de un modo de hacer las cosas y de un estilo y de una sensibilidad particular. Pocas veces se ha visto tal necesidad en un crítico. Dar cuenta de todo a partir de una parte. Porque sólo así alcanzaba a comprender en su verdadera escala la muerte, sus ritos, dolores y consecuencias. Y, además, entendía que el texto fúnebre tenía una incidencia real y concreta en la vida de las personas.
Se puede sostener que no sólo le sucede esto a los textos fúnebres, sino a todos los textos que leemos. Ellos interactúan con lo real en todo momento y de modo distinto en cada coyuntura. Moreno, entonces, se percata de eso y se involucra en el texto como personaje que cuenta su acercamiento a los textos y los recuerdos que le despertaron su lectura. Moreno esta pensando, pero también está viviendo mientras reflexiona y escribe. Esa dinámica crítica marca destino, pero genera desconfianza. Hoy es posible volverla a pensar para ver los límites y alcances de la crítica literaria en el país.
¿Retomar este ideario acaso no sería importante ahora que la literatura boliviana ha sufrido distintas oleadas de flujo y reflujo? ¿Acaso no facilitaría el camino para entender conexiones entre libros, autores y temas? ¿Podría entonces pensarse distintos niveles de literatura boliviana? ¿Se podría tener una visión casi erudita en la critica literaria que además su pretensión no sea el conocimiento por el conocimiento, sino el conocimiento como un medio para lograr la constitución de un verdadero campo literario boliviano y su consiguiente canon que dispute las listas establecidas? ¿O es que este tipo de crítica ya murió y no es posible de realizar en este tiempo? Moreno puede responder por nosotros a partir de “Fúnebres”, pero también resulta estimulante y atractivo revisar cómo y por qué la crítica ha visto en Moreno una pieza clave, pero imposible de continuar desarrollando su ideario.
