El recuerdo de mi retorno a las salas cinematográficas quedará entrelazado con el de esta singular película del director francés Leos Carax, que por algún extraño designio terminó siendo programada en nuestra raramente sorprendente cartelera. Además, puede encontrarse en video y seguramente llegará en algunas semanas a alguna plataforma de streaming. Si no la han visto, deberían hacerlo.

“Annette” exhibe los avances del teatro musical en nuestra época. Este solía ser un género más bien familiar, en el que se representaban historias románticas y estampas del pasado. Hoy se usa más frecuentemente que antes para hablar de problemas sociales, dilemas de nuestro tiempo, crisis existenciales. Para un ejemplo ilustrativo, puede verse en Netflix “Tick, tick… boom”, la biografía del autor musical Jonathan Larson.
Por un lado, “Annette” respeta las convenciones del género, que la trama se cuente por medio de canciones (que comience llamando al silencio en la sala y presentando a los actores y realizadores), que el arte sea objeto del arte (el musical hace referencia a la ópera, el stand up y los espectáculos pop), que haya muchos escenarios (la película transcurre casi completamente en ellos, e incluso en su clímax, que sucede en un barco, la escenografía resulta completamente teatral).
Estas formas, como no podrían disminuir el artificio, entonces lo subrayan. Por definición, el musical no es un género realista y por eso tampoco sus temas solían ser ‘realistas’, si se entiende lo que quiero decir, sino fantasiosos. Este es y no es el caso. El asunto principal de “Annette” es la violencia dentro de la familia y sus alrededores. Una cuestión de rabiosa actualidad. Al mismo tiempo, Annette, el personaje, es una ¡muñeca de madera! que hace las veces de hija de la mal avenida pareja formada por el comediante (Adam Driver) y la cantante de ópera (Marion Cotillard). Esta decisión del director tiene sus motivaciones, como entenderá el espectador. Al mismo tiempo, acentúa la pátina de extrañeza, de “heroica rareza”, como la calificó un crítico, de la película.
Por otro lado, “Annette” es profundamente cinematográfica. Basta ver las escenas de sexo, tan sublimemente visuales (algo que no se puede lograr en el teatro, donde el sexo necesariamente debe ser conceptual). Podría y debería hacerse un estudio académico del manejo de cámaras y el montaje incesante y complejísimo del filme. “Annette” perdería mucho si se representara como un musical teatral; esto sería imposible sin una pérdida sustancial de su gracia, su salvajismo, su originalidad.
He escogido con cuidado estos tres adjetivos: “gracia”, “salvajismo”, “originalidad”. Creo que definen bien la obra y que pueden iluminar también la interpretación de Adam Driver, que muestra una habilidad histriónica de vertiginosa fluidez, una fuerza interna que solo cabe considerar furiosa, y que es único en su aspecto, su voz, su transformación a lo largo del filme, sus gesticulaciones precisas y elocuentes. Driver ya tuvo un performance superlativo en “Historia de un matrimonio”; ahora vuelve a mostrar que es un actor monstruo, un ídolo de la religión mundana de la réplica y la invención de personajes (enfatizo el elogio para que el lector entienda que sin la convicción de Driver, sin su habilidad y su potencia interpretativa, una idea tan expresionista y melodramática como la que este filme intenta plasmar nunca hubiera llegado a buen puerto).
Por último, hay que anotar que “Annette” no es perfecta. Tiene errores en cuanto al planteamiento ideológico (una feminista los podría notar fácilmente), cae en ciertos clichés (la atracción por el “abismo” como justificación de la autodestrucción, etc.) y en algunas arbitrariedades de guion (solo diré que la disputa sobre la paternidad de Annette no hay quién se la crea).
Mas, como dijo el crítico ya citado, “tiene derecho a equivocarse el que intenta algo muy ambicioso”. O quizá dijo que más vale fracasar intentando algo grandioso que… Pero no. “Annette” no fracasa. Triunfa, pero en una competencia o una batalla muy distinta a la que normalmente está envuelta el cine.

About Author

Fernando Molina

Fernando Molina. Periodista y escritor boliviano. En 2012, ganó el premio Rey de España de periodismo iberoamericano. Es colaborador de varias publicaciones bolivianas e internacionales, entre ellas El País de España. Fue director de los semanarios Nueva Economía y Pulso, y subdirector del diario La Prensa. Ha publicado numerosos artículos en medios escritos y digitales de su país y de Santiago de Chile, Madrid y México. Autor de libros de ensayos, biografías, historia intelectual y contemporánea, es uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Bolivia.

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