Santa Clara: El cine como aventura logística

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1. No poco del poco cine boliviano de la última década parece enamorado de la idea de que el cine es un asunto de heroísmos logísticos. Es decir, cree que probará su ambición si consigue resolver los obstáculos interpuestos –“en un país como Bolivia”– por las locaciones, la utilería, el vestuario, el casting, los efectos especiales, los extras, el catering, el transporte del equipo, el equipo, los drones. Es de lamentar que el resultado de este malentendido haya sido hasta ahora, en la mayoría de los casos, el mismo: un desperdicio.

2. Y es un desperdicio porque es un cine que, antes de lanzarse a ser producido, no ha resuelto primero ni las historias que quiere contar ni cómo las quiere contar. En esto, claro, hay espacio y por supuesto derecho para las equivocaciones: la del cine, como la de cualquier arte, es una historia de felicidades infrecuentes (pues una película, como cualquier otra empresa, puede fracasar por muchísimas razones). Pero de lo que hablamos aquí no es de equivocaciones, sino de apresuradas imprudencias o perezas. O sea, de la costosa puesta en escena de guiones embrionarios, que copian mal esto o aquello, que relatan relatos mal resueltos y mal escritos, borradores casi. A veces lo que nos hace falta no es solo la plata.

3. Ante el repetido espectáculo de esfuerzos y dineros invertidos en malos guiones, este reseñador suele preguntarse –compungido y triste– lo mismo: ¿por qué nadie les dijo o advirtió que sus historias son flojas y a ratos incoherentes, que esos diálogos son frases hechas, que los recursos dramáticos son tan consuetudinarios como los de una mala telenovela o comedia, que las ideas y los sentimientos en juego son elementales, que los actores tienen nomás que actuar, que no basta poner la cámara en frente de algo?      

4. Hace un par de décadas se repetía, en defensa o reivindicación del cine boliviano, que teníamos el derecho inalienable, como cualquier país del mundo, a “vernos a nosotros mismos en la pantalla grande”. Nunca entendí muy bien qué se quería decir o qué es lo que se incluía (o no)  en aquello de “vernos”: ¿Escenarios y locaciones reconociblemente bolivianos? ¿Personajes arquetípicos, formas de hablar regionales, supuestas idiosincrasias? ¿Historias y problemas que nos diferencian del resto del mundo? Y ese “nos” ¿a quiénes se refería?

5Santa Clara, el segundo largometraje de Pedro Antonio Gutiérrez, quiere ser una película de vaqueros en el Oriente boliviano: un eastern más que un western, de agobiantes luces amarillas y gente sudorosa, con más maleza tupida que planicies interminables, con pahuichis y hamacas, con caballitos rápidos y chicos –adecuados para cruzar el monte–, con cientos de vacas flacas (porque caminan), con mujeres hermosas y abnegadas, con vaqueros taciturnos de cuchillo y revólver al cinto. El impulso un tanto mítico que anima a Gutiérrez es el del western clásico gringo, no el de los pastiches operáticos o los ejercicios de estilo del spaguetti western. Lo suyo, en otras palabras, es una suerte de nostalgia reverente, la entusiasta resurrección de algo que ya no existe (o que, como casi todo en el western clásico, nunca existió).

6. Gutiérrez agota sus energías en el retrato de los espacios convocados por su nostalgia. Y lo que sale de esa concentración es más o menos impecable y verosímil: ni las vacas ni los caballos ni los vaqueros que se ven en Santa Clara se ven fuera de lugar. Y esos paisajes, espacios y vestuarios, aunque ni imponentes ni memorables, son cosas que no habíamos visto antes en el cine boliviano: ¿a esto se referían los que defendían el derecho de “vernos a nosotros mismos en la pantalla”? Si fuera un documental sobre el arreo de ganado en los años 60 en Santa Cruz y el Beni, se podría incluso pensar que Santa Clara es una experiencia instructiva.

7. Pero Santa Clara no es un documental: es más bien un desganado melodrama, con malos-malos y buenos-buenos, crímenes fundacionales y amores imposibles, secretos familiares a la espera de ser revelados y actos de justicia necesarios y violentos. Y estos lugares comunes operan en la película de manera errática, escasamente motivados, sorpresas del momento que buscan acaso que el espectador –acicateado por algún nuevo giro o revelación– no se duerma contando las vacas: ¡El hombre que Santiago creía haber asesinado está vivo! ¡El hombre que mató a su familia ya ha sido castigado! ¡Uno de sus enemigos es en realidad su hermano! ¡Santiago es heredero de una fortuna! Etc.

8. Como en tantos melodramas, en este se sugiere el reconfortante sentimiento de que todo está relacionado con todo, de que en la vida no hay ni accidentes ni contingencias, ni olvidos ni perdones. Pero ese sentimiento –que es algo así como el gesto narrativo básico del género–  se disuelve en la película de Gutiérrez en varias historias a medio contar y confusas, en flashbacks que son como parches para mantener el relato a flote, en actos y giros arbitrarios salidos del recuerdo de alguna otra película.

9. El resultado es paradójico: Santa Clara es un melodrama espartanamente simple al que es difícil seguirle el hilo narrativo. Es un relato que rodea en un aura de misterio ideas banales. O que pide a sus actores recitar rutinarias revelaciones melodramáticas, pero al mismo tiempo los obliga a que lo hagan lentamente, interrumpidos por largos silencios, como si acabaran de salir de los rigores de una película de Lisandro Alonso. O que intenta escenas de acción –ineludibles en este género en el que los conflictos se establecen o dirimen con el cuerpo– que apenas se entienden por su desorientación espacial.

10. Es probable que me equivoque. Por ahí basta y sobra, para redimirla, que Santa Clara muestre algo que el cine boliviano no había mostrado antes: vaqueros arreando vacas, vacas cruzando el río, pahuichis y estancias, hamacas, Cristian Mercado tratando de hablar como camba, etc. O tal vez las paradojas de su fracaso como relato sean interesantes para alguien interesado en las paradojas del fracaso estético. O quizá un mal western boliviano valga, para un boliviano, más que cien mejores westerns volando en el firmamento del cine ajeno.

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Mauricio Souza Crespo
Mauricio Souza Crespo. Es catedrático de la Carrera de Literatura de la UMSA. Por más de treinta años ha trabajado o colaborado en medios de prensa. Ha publicado dos libros (sobre poesía modernista en general y la obra de Ricardo Jaimes Freyre en particular), editado media docena y sus ensayos han aparecido en revistas especializadas de varios países. Ha sido Director Editorial de Plural editores. Sus últimas publicaciones están cerca de la edición: fue editor de la colección 15 Novelas Fundamentales del Ministerio de Culturas del Estado Plurinacional de Bolivia (2012), de la Obra completa de René Zavaleta Mercado (tres tomos: 2011-2015), de los Ensayos escogidos de Luis H. Antezana (2011) y de Cine boliviano: Historia, directores, películas (2014).
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