Fernando Molina

Eye in the sky

Eye in the sky

Estrenada en Bolivia a principios de este año, «Eye in the sky» («El enemigo invisible») puede encontrarse hoy en DVD. Es más, «debe» encontrarse. La película es excelente, una de las mejores que he visto en el último tiempo. El director es Gavin Hood, el mejor (o el más conocido) realizador sudafricano actual, talentoso creador de un auténtico (inteligente) suspenso, pero a mi juicio el logro de la película reside sobre todo en el guión del extraordinario Guy Hibbert y en la excelencia actoral (esta fue la última película del gran Alan Rickman y la protagoniza Helen Mirren).

Resalto el guión, porque se las arregla para presentar, insertos en la historia, algunos dilemas morales fundamentales. Y la actuación, porque logra que este material, más bien abstracto, se encarne brillantemente en personajes y emociones.

Una compleja red de militares y políticos de tres países dirige en tiempo real una operación con drones y misiles de larga distancia. Inicialmente, se trataba de capturar a tres terroristas -que, para contribuir a la reflexión de la mayor parte de la audiencia no han sido concebidos como pinches árabes, sino como unos valiosos ciudadanos británicos y estadounidenses-, pero luego las circunstancias se complican y solo queda bombardear la casa donde se encuentran estos delincuentes por un tiempo indeterminado pero corto (se hallan en alguna clase de reunión).

Aquí aparece el primer dilema moral (¿se justifica que el Estado asesine?) y se perfilan distintas soluciones: -los militares quieren hacerlo, porque de lo contrario los terroristas escaparán y contribuirán al agravamiento de la guerra; -los políticos quieren que sea legal (pues hay leyes que regulan el asesinato preventivo); -los políticos no quieren tomar la decisión, prefieren derivarla a sus superiores, que a su vez tienden a no involucrarse claramente.

Hasta aquí se nos presentan, entonces, distintas respuestas éticas: utilitarismo: la muerte de unos para garantizar la vida de muchos más; formalismo: si la ley respalda un asesinato, se puede hacer sin remordimiento; principismo: uno sabe que hay decisiones inmorales que se tornan aceptables por las circunstancias, pero no quiere tomarlas por sí mismo, porque chocan con sus principios; responsabilidad pública: uno tiene unos principios, pero debe dejarlos de lado por las obligaciones de su cargo.

El debate se complica cuando entra en escena (o, mejor dicho, en el blanco) una pequeña niña keniata que vende pan fuera de la casa en la que caerá el misil. Este casi seguramente la matará. Y entonces hay que decidir entre la vida concreta de una niña (que, según sabemos nosotros, pertenece a una familia que procura eludir el fanatismo religioso), y la posibilidad (siempre hipotética) de que los terroristas maten a unas 80 personas. Los militares de alta graduación no dudan, incluso fuerzan la decisión, pero ¿no dudan porque la ecuación se les antoja clara o porque son hombres y mujeres de acción, que simplifican las cosas para justificarse?; ¿o porque poseen intereses personales favorables a una solución que elimine a los terroristas de una vez (odio, deseo de acabar finalmente un trabajo largo, ambición de reconocimiento, etc.)?

Por su parte, el principismo (representado por una asesora del ministro de Defensa británico) subraya que se está eligiendo entre una vida concreta y una suposición inverificable. Por tanto, para esta asesora vale la pena esperar a que la niña venda su pan y se retire.

En un momento dado, el principismo intenta persuadir al utilitarismo en sus propios términos. Entonces la asesora se pregunta si matar a una niña no llevará a la derrota de la causa del Estado, al confirmar la propaganda terrorista sobre la inmoralidad de este. ‘Con ello ganaremos una batalla, pero perderemos la guerra’, argumenta.

Por su parte, el militar enfrenta la acusación en sentido de que resulta fácil tomar decisiones sobre la vida de los demás desde un escritorio a miles de kilómetros del campo de batalla, con la siguiente frase: «nunca le diga a un soldado que no conoce el precio de la guerra».

A todo esto se suma la necesidad de los keniatas de proteger la vida de sus hombres y la necesidad de los subordinados de cumplir los reglamentos, las órdenes y al mismo tiempo no hacer algo de lo que luego se arrepientan.

En suma, una película que debieran ver obligatoriamente los estudiantes de filosofía y ciencias políticas. Y, para todos los demás, una pequeña joya del entretenimiento serio.

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Fernando Molina

Fernando Molina. Periodista y escritor boliviano. En 2012, ganó el premio Rey de España de periodismo iberoamericano. Es colaborador de varias publicaciones bolivianas e internacionales, entre ellas El País de España. Fue director de los semanarios Nueva Economía y Pulso, y subdirector del diario La Prensa. Ha publicado numerosos artículos en medios escritos y digitales de su país y de Santiago de Chile, Madrid y México. Autor de libros de ensayos, biografías, historia intelectual y contemporánea, es uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Bolivia.

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