Mi socio, 37 años después

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  1. Un hombre y un niño caminan juntos. Los vemos de lejos, en un plano abierto en el que, además, caben calles anegadas por el lodo, camiones y buses parqueados a la vera de la ruta, otra gente apurada. El hombre y el niño llegan a una feria campesina y se incorporan a una multitud: la de los compradores de pie, la de los vendedores sentados en el piso. Se detienen en un puesto, negocian y compran un perro. La canción que escuchamos explica el contexto: «Como quisiera vivir feliz / como quisiera viajar sin fin / quiero tener un amigo leal / como si fuera mi mismo ser».
  2. Quizá en estas primeras imágenes y palabras de Mi socio(1982) de Paolo Agazzi se cifren ya los gestos que la definen. Es claro, por ejemplo, que la que estamos empezando a ver será una película de carretera: ¿no es una definición extrema del deseo que impulsa a este género cinematográfico –la road movie– identificarlo con la posibilidad del «viaje sin fin»? ¿No es la aspiración a tener un «amigo leal que sea como mi mismo ser» una buena descripción de los mecanismos de un género que suele explorar relaciones que no son las de la fatalidad social –familia, clase u origen– sino las de los afectos adquiridos por la experiencia?
  3. Agazzi y Óscar Soria proponían en 1982 un cierto quiebre: si hasta entonces el cine boliviano había demostrado una lúcida capacidad para exponer enfrentamientos de casta o clase –recuérdese Ukamau, Yawar Mallkuo Chuquiago–, Mi socio proponía en cambio una comedia que se detenía en la posibilidad de imaginar afectos y filiaciones. Es nuestra primera película intercultural: la convivencia es en ella un proceso, no una tragedia que tiene que acabar –casi por designio de la fatalidad política– trágicamente.
  4. Basta considerar la multitud: en Mi socio, el «pueblo» no son asambleas deliberativas ni caravanas de trabajadores con el puño en alto, marchando hacia nosotros, de frente, listos para inmolarse en manos del Estado. La multitud es en vez, ya en los minutos iniciales de la película, un grupo de mujeres de espaldas, sentadas en el piso, con las que se intercambia, se regatea, se habla. Para bien o para mal, el Estado –no solo en esta escena sino en toda la película– brilla por su ausencia.
  5. En la primera versión de su guion –que data de 1980–, Soria pensaba todavía en una suerte de brochureemenerrista de los años sesenta: quería una historia que conectara los dos «núcleos del desarrollo nacional», la agroindustria del Oriente y la minería del Occidente. El mandato ideológico del proyecto era claro: Bolivia sufría por ser un país «desmembrado, que no se conoce así mismo»; gracias a los esfuerzos del cine –proponía Soria, utópico– el país devendría una verdadera comunidad.
  6. En la versión final del proyecto –y con la intervención en el guion de Agazzi, Raquel Romero y Guillermo Aguirre–, se relata el viaje de Vito (el chofer colla cuarentón) y Brillo (el lustrabotas huérfano camba). Van de San Juan de Yapacaní (donde cargan 150.00 huevos) a La Paz (donde recogerán botellas de gaseosa).  De hecho, en una variación de la cronología del guion –publicado en agosto de 1982, tres meses después del estreno de la película–, las escenas iniciales corresponden al final de este recorrido: para entonces, Vito y Brillo ya son padre e hijo, «socios de Mi socio». Lo que veremos será un largo flashback.
  7. Entre la alegoría-nacional integradora de 1980 y la película de 1982 –que se estrena en vísperas del regreso, en octubre, a la democracia–, los énfasis cambian de lugar y el relato se convierte en una comedia sobre diferencias regionales y generacionales.
  8. «Una serie de momentos en los que, en contraposición y careo permanente, un colla y un camba se observan»: así resumía Soria la estructura de la película. Para ello, convoca una doble articulación expresiva: diálogos repletos de frases hechas («fregarse es ley», repite Vito) o insultos («colla e mierda», masculla Brillo en voz baja) alternan con lo que, por detrás o al lado, piensan los protagonistas: una voz en off que quiere ser una voz interior.
  9. Pero incluso esa observación de las tensiones regionales se torna secundaria: la película descubre que lo que separa a Brillo de Vito no son sus orígenes, sino la edad, es decir, sus experiencias. Para Brillo, el «colla e’mierda» termina siendo cuestionable no porque sea diferente sino porque es igual: «igualingo que mi papá: dicen que son machos y machos… Mujeres pa’to lao, pero de nosotroj ni se acuerdan. Son doj años que yo no veo a mi padre…».
  10. Soria quería la denuncia de un gremio: el de los transportistas, «alejados del pueblo y de sus hermanos de clase», escribe. Pero también esa intención, felizmente, se extravía en el camino y la película la reemplaza por una más ambiciosa: la de retratar el patriarcado a la boliviana.
  11. Para Agazzi y Soria el patriarcado en estas tierras produce hombres que trabajan como mulas, demuestran escasa responsabilidad con sus hijos, farrean hasta la inconciencia, se comportan con si fueran una bendición de Dios puesta en la tierra para beneficio del género femenino, son algo tramposos y maleantes –pero no realmente malos– y tienden, con una asombrosa facilidad performativa, a oscilar entre la crueldad gratuita con el prójimo y el sentimentalismo llorón para consigo mismos. Tal vez este retrato, que es cariñoso pero no acrítico, explique por qué en la película no hay una sola figura paterna reivindicable.
  12. En su final feliz, la alegórica familia postiza que postula Mi socio es tan frágil como la seguridad laboral de sus protagonistas. En el mejor de los casos, los padres se portan como Vito con Brillo –aunque no con sus otros hijos– y las madres están muertas o son mujeres que a duras penas se las arreglan para sobrevivir –como doña Sebasta, viuda de un transportista–.  Eso es lo que hay.
  13. Y también hay muchas, muchísimas carreteras; y hay farras cantadas; y hay niños que trabajan; y hay peleas de gallos y apuestas con dados; y hay gente comiendo platitos por primera vez en el cine boliviano; y no hay un solo baño en toda la ruta.
  14. Los protagonistas ofrecen al final esta evaluación de las cosas: «Cada vez nos estimamos más, por eso somos felices», cantan a coro.  O acaso sean felices porque descubren que su futuro depende, en buena medida, de lo que hagan y no de su origen.
  15. Se ha anunciado para el 2020 el estreno de la segunda parte de Mi socio. Al final de la primera, Brillo se prometía: «No sé cómo, pero no voy a ser como Vito, voy a ser diferente». Si Brillo fuera una persona y no un personaje, tendría hoy 50 años. ¿Habrá logrado ser diferente?

 

 

 

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Mauricio Souza Crespo
Mauricio Souza Crespo. Es catedrático de la Carrera de Literatura de la UMSA. Por más de treinta años ha trabajado o colaborado en medios de prensa. Ha publicado dos libros (sobre poesía modernista en general y la obra de Ricardo Jaimes Freyre en particular), editado media docena y sus ensayos han aparecido en revistas especializadas de varios países. Ha sido Director Editorial de Plural editores. Sus últimas publicaciones están cerca de la edición: fue editor de la colección 15 Novelas Fundamentales del Ministerio de Culturas del Estado Plurinacional de Bolivia (2012), de la Obra completa de René Zavaleta Mercado (tres tomos: 2011-2015), de los Ensayos escogidos de Luis H. Antezana (2011) y de Cine boliviano: Historia, directores, películas (2014).
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