Microreseñas: «Nana»

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Acaba de estrenarse el documental «Nana», de la boliviana Luciana Decker. Y resulta difícil hacer una reseña del mismo, porque el asunto que trata es, para nosotros, el más delicado. Además de consideraciones estéticas, este nos exige hacer otras de carácter político y ético.

Decker muestra, durante 60 minutos, a su «nana», a la empleada de su casa por 40 años, con la que tiene una de esas relaciones afectivas «casi-madre-hija», en las que toda la cuestión reside en este «casi», marca de la cercanía y, a la vez, trágicamente, de la imposibilidad. Al final, queremos mucho a nuestras nanas («el afecto nunca ha estado ausente de nuestras formas de vivir lo señorial», dice el crítico Mauricio Souza a propósito de este filme), pero no dejamos de ser, ni en nuestra consciencia ni en la suya, sus patrones. El documental de Decker opera en este campo de ambigüedad pero -ahí está el problema- sin mucha consciencia del mismo. Sin consciencia, en concreto, de lo que una aproximación así a una persona (la cámara prácticamente se echa encima de la nana) tiene de racista. Hilaria Huallpo es una mujer fuerte y encantadora. También una mujer que no habla bien el español y que no sabe lo que es una orquesta sinfónica. ¿Qué mantiene el interés del espectador en ella? ¿Qué genera el interés de la cineasta en ella? ¿Qué justifica que nos acerquemos tanto a ella que casi podamos sentir su calor y su olor? La suposición subyacente e irreflexiva es que hay algo especial en ella y en su vida, algo excéntrico, peculiar,  que se deriva del hecho de que es india. La mirada del documental es la mirada maternal de quien se asombra y alegra de que los indios vivan así y sean como son. Si la perspectiva racista clásica ha sido la del asco por lo diferente, el racismo vergonzante y bien pensante es, en cambio, condescendiente con esta diferencia: «qué interesante», «qué peculiar», «qué colorido» es el mundo de esta indígena con la que puedo relacionarme de forma amorosa pero no horizontal. Hay una superioridad en el asombro que sin duda no es intencional, y que quizá resulte imperceptible para la cineasta y para el espectador. Esto desnuda cuán antigua, profunda y naturalizada es nuestra incapacidad de ver a los indígenas como a cualesquiera otros seres humanos. No, para nosotros no lo son: siempre serán algo especial, ya sea para derogarlo, ya para admirar su singularidad. ‘Mira cómo cultivan ocas, mira cómo acarrean piedras, qué interesante.’

En el documental (ya el género es toda una pregunta: ¿por qué hacer un documental de una amiga o una madre? No una biografía, donde ella podría erigirse como una individualidad, sino un documental, reservado para las cosas, para los fenómenos), la protagonista solo tiene relaciones con la cámara, todo lo demás es contingente y aislado. La película se condensa en ella y el objetivo. El efecto formal que resulta de esta insistencia es potente, a ratos simplemente bello. Pero este logro estético se obtiene, a mi juicio, a un alto precio moral. ¿Tiene derecho la cineasta de «capturar» así a una persona, la cual se lo admite, no sin cierta molestia, porque ella es su querida patroncita? ¿A una persona que es ajena al juego cultural en que esta práctica de filmación está inserta y que por tanto tiene un papel puramente pasivo, de «cosa animada», en la confección del filme? Estos dilemas éticos, que son los de muchos documentalistas aquí y en cualquier otra parte, no parecen sin embargo haber atormentado mucho a los jóvenes realizadores de «Nana».

 

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Fernando Molina
Fernando Molina. Periodista y escritor boliviano. En 2012, ganó el premio Rey de España de periodismo iberoamericano. Es colaborador de varias publicaciones bolivianas e internacionales, entre ellas El País de España. Fue director de los semanarios Nueva Economía y Pulso, y subdirector del diario La Prensa. Ha publicado numerosos artículos en medios escritos y digitales de su país y de Santiago de Chile, Madrid y México. Autor de libros de ensayos, biografías, historia intelectual y contemporánea, es uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Bolivia.
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3 Comentarios

    • Un curioso incidente. Hace un tiempo publiqué una reseña de la película boliviana «Nana». Manifesté una crítica sobre los peligros éticos que se agazapaban en este documental realizado por una cineasta en torno a la empleada doméstica de toda la vida de su casa. Ahora los responsables del blog «pequeñas carnívoras» me acusan de nada menos que plagio, porque mi reseña coincidió con la de ellas, anterior, en este abordaje de la película. Señalan unas cuantas coincidencias (ninguna literal) y luego de dudar de mi honestidad intelectual aprovechan para afear mi texto por razones baladíes (puse «La nana» en lugar de «Nana», etc.)
      Al respecto quiero manifestar lo siguiente:
      1. No leí la crítica de las pequeñas carnívoras con anterioridad a la escritura de mi reseña. Acabo de enterarme de la existencia de su blog con motivo, justamente, de esta increíble acusación.
      2. Incluso si hubiera coincidencia entre ambas aproximaciones, lo que es perfectamente posible puesto que los problemas a los que ambas se refieren son muy evidentes en la película, nadie en su sano juicio, o no aquejado por la egolatría, podría concluir, después de leer ambas reseñas, qué hay plagio. Las palabras, los ejemplos, las justificaciones, la lógica global son completamente diferentes. Les pongo más abajo los enlaces para que puedan hacerse de un juicio propio.
      3. Cuando yo usé el concepto de «patronazgo» estaba pensando más en Zavaleta o en Souza que en las pequeñas carnívoras (a las que, como digo, no conocía). Pero quizá Zavaleta también plagió el concepto de ellas.
      4. Veo que el blog en cuestión está animado por un sano espíritu de crítica de la mentalidad nacional. Mas debe tomar en cuenta que uno de los defectos característicos de esta mentalidad es justamente la tendencia de los intelectuales a creerse «dueños» de los temas que investigan, de los conceptos que manejan y hasta, parece, de los enfoque críticos que prefieren. Este es un subproducto del temor a la competencia en las sociedades rentistas.
      5. Las pequeñas carnívoras, no sé si por (auto)sarcasmo, hablan incluso de recurrir a abogados. Como yo temo a los tribunales, me anticipo a ofrecerles un acuerdo: les compro las ideas de «patronazgo» en la sociedad y de racismo en el arte, pero, eso sí, siempre y cuando me muestren que poseen sobre ellas los derechos de autor.

      https://www.facebook.com/profile.php?id=100005615324444&fref=nf&pnref=story&qsefr=1

  1. Fernando, nos complace que le parezca interesante el blog. Creemos que se nota en nuestros posts, pero la mordacidad, sátira y autoparodia son características a las que aspiramos.

    Por supuesto que compartimos el repudio hacia las actitudes que usted critica en el cuarto punto de su respuesta. Lo que nos interesa es abrir debate en torno a la crítica y el arte bolivianos.

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