Matilde Molina

Estoy en el cine Gaumont Wilson, en Toulouse, Francia. Con asombro y un entusiasmo incipiente, veo al público que llena la sala hasta reventar, esperando impaciente el inicio del filme. “Utama” (2022), ópera prima del director boliviano Alejandro Loaysa Grissi, es una de las 12 películas que compitieron el mes de marzo en la categoría “Ficción” de la edición número 34 del Festival Cinélatino tolosano.

Su reputación la precedía. En efecto, numerosas críticas y entrevistas aparecieron después de que esta película producida gracias al esfuerzo conjunto de Uruguay, Bolivia y Francia fuese galardonada en nada menos que los festivales de Sundance y de Málaga, llevándose el Gran Premio del Jurado en la sección World Cinema Dramatic (Sudance), al igual que la Biznaga de Oro a la Mejor Película Iberoamericana y la Biznaga de Plata a la Mejor Dirección (Málaga). Así mismo, había sido galardonada con el premio Cinema en Construcción del Festival Cinélatino de 2021. 

Esta película de hora y media atrapa al espectador, sin prisas, en un mundo aparte, que pareciera estar fuera del tiempo. Este mundo es el altiplano boliviano, un territorio inmenso que vemos extenderse por kilómetros sin casi nada o nadie que interfiera con la repetición de las mismas imágenes: tierra seca casi sin vegetación bajo un cielo azul imponente. Este lugar, tan bello como amenazador, no solo es central para la película, sino también para los criadores de llamas Virginio y Sisa, que parecen encarnar la naturaleza que los rodea.

La pareja indígena vive en una pequeña comunidad quechua de Potosí, inspirada en Colcha K, lugar donde el director conoció a los dos actores principales, Luisa Quispe y José Calcina, durante un viaje de búsqueda de locaciones. La trama gira en torno a la vida de los ancianos y a su lazo con la tierra que los vio nacer.

La visita de su nieto Clever, interpretado por Santos Choque, ilumina sin embargo el problema central que presenta la película: la falta de agua. Este contexto de sequía  pone a los protagonistas frente a una decisión que parece imposible: quedarse en su hogar y arriesgarse a perecer o migrar a la ciudad, como ya han hecho la mayoría de sus vecinos. La sequía, eje de la historia, se ve no solo en el sol quemante o el polvo que a menudo rodea a los personajes. No, la sequía es tan palpable, tan amenazadora, porque se la escucha: está encarnada en la tos de Virginio, que parece acompañar al espectador a lo largo de la película.

La estructura narrativa aparentemente simple se funde con una decoración minimalista, de pocos elementos, donde nada aparece estar en vano, sin un propósito. Esto se expresa en la paleta de colores que utiliza el director. La lana rosa que decora las llamas de Virginio, por ejemplo, impresiona cada vez que se la ve, contrastante, en los viajes de los animales por el blanquecino y brilloso paisaje. Es gracias a este estilo calculado y pulido que Loayza Grisi logra lo que es cada vez más difícil de hacer en el cine: decir mucho con poco. La película habla de temas tan universales y apremiantes como  el cambio climático o la dificultad de envejecer. Sin embargo, también logra tocar temas personales y específicos de la realidad boliviana.

Lo que vemos es una historia de amor, de índole universal, claro está, pero que se desenvuelve de una manera diferente, menos centrada en la pasión que en la ternura, en el compañerismo y en el hecho de tenerse uno al otro en un lugar particularmente aislado. El único bemol de esta historia de amor es el usual: la normalización de los roles de género típicos; pero, aun así, la interpretación de Sisa por Luisa Quispe logra transmitir cierto poder de decisión y una gran fuerza interna.  

Loayza Grisi crea, a partir de un guion calculado y preciso, una película pulida, concisa. La maravillosa banda sonora de Cergio Prudencio y la dirección de fotografía (también muy perfeccionista y trabajada) de la uruguaya Bárbara Álvarez logran llevar la película a un nivel superior, darle una resonancia potente. Es algo así como un western al revés, en el que los héroes no se lanzan en una aventura hacia lo desconocido para encontrar su propósito, sino que intentan retroceder para preservar lo que siempre les había dado un rumbo.

Antes de empezar el visionado, no me esperaba nada de esto; en realidad no sabía qué esperar. Solo sabía lo que esperaba que el filme no fuese. “Que no sea una vitrina para mostrar con pena la realidad de un país del sur, tierra de pobreza y miseria”, pensaba; “que no sea tampoco un ‘exótico’ viaje hacia la vida simple pero ‘feliz’ de los que tienen menos”. Presunciones muy alejadas de lo que terminé viendo, por suerte. Dentro de un contexto nacional complejo y de un racismo profundo, el director logra esquivar los clichés paternalistas y logra una visión honesta de una realidad que es difícil y descorazonadora, pero que nunca está desprovista de lucha ni de resistencia.

El gran tema de la película bien podría ser este, el de la resistencia. Resistir muchas cosas, al olvido y al paso del tiempo, por supuesto, pero también al  “desarrollo” moderno, que muchas veces esconde una violencia profunda. Lo pensamos cuando vemos que Clever, joven que ya es citadino, es incapaz de comunicarse con sus abuelos, pues no sabe quechua. No queda claro por qué solo se le enseñó a hablar en español, pero entre las causas se adivina la existencia de una sociedad que trata de eliminar lo que conecta a los jóvenes con el campo, con su identidad indígena y sus orígenes. La desaparición de la lengua quechua en beneficio del castellano responde a una idea que nos viene desde la Colonia: la civilización triunfando sobre la identidad originaria, que se ve como salvaje y por eso debe ser eliminada. Esta voluntad de reivindicación se deja sentir en la película, aunque, claro está, no de forma explícita.

Al finalizar el pase de créditos, me pongo a aplaudir junto al resto del público. Los aplausos seguirían en la ceremonia de premiación, pues Utama ganó uno de los galardones, el premio Lycéen de ficción.

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Tres Tristes Críticos

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