Ad Astra: desperdigada en el espacio

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Ad Astra (“Hacia las estrellas”, en latín) ha recibido un nutrido y compacto aplauso de la crítica internacional. Los comentarios de la audiencia, en cambio, han sido más contenidos, cuando no directamente negativos.

Esta diferencia puede deberse al carácter “cinéfilo” de la película, que hace referencia y homenaje a varios otros títulos de ciencia ficción, desde 2001 Odisea del Espacio y Solaris, hasta los recientes Gravedad e Interestelar. También se debe, seguramente, a la fama de “genio” que tiene el director y coguionista James Gray, que seguramente pesa en la valoración oficial de su trabajo… Lo cierto es que Ad Astra es firme candidata a los Oscar y a los demás premios cinematográficos estadounidenses, y algunos la han considerado “la mejor película del año”.

Solo algunos críticos se han atrevido a ponerle peros a este recibimiento entusiasta en los periódicos (y no en la taquilla). Me sumaré a ellos. Diré, entonces, dos cosas: una, que la película es visualmente bella, pero que sus distintas partes –temática, trama, diálogos e imágenes- no terminan por ensamblarse y formar un todo bien integrado. Y dos, que la narrativa del filme, en lugar de ser el vehículo de su mensaje, como se esperaría, funciona como un obstáculo que este mensaje debe vencer (y no lo logra). Aquí trataré de justificar estos dos asertos.

¿Cuál es el mensaje que se propone? El máximo esplendor técnico de la humanidad, que permite que esta viaje hasta los confines del sistema solar, colonice la luna y tenga bases en Marte, no cambia un hecho fundamental: el más misterioso y el más valioso lazo existente en el universo no es otro que el que establecen dos seres humanos. No importa si existe o no vida en el espacio exterior, lo cierto es que, sin los demás (los más cercanos, se supone), estamos solos.

En este caso, el nexo del que se trata es el que hay o no hay entre el astronauta Roy McBride (interpretado brillantemente por Brad Pitt) y su padre (Tommy Lee Jones), el cual se encuentra en los extramuros del sistema solar dirigiendo una misión en una nave espacial que, se supone, ha sufrido algún desperfecto y puede causar la desaparición de la vida tal como la conocemos. La razón última, al parecer, es la insania del padre de Roy, que posiblemente esté orbitando, completamente solo, en torno al planeta Neptuno.

Ad Astra intenta, entonces, como resulta frecuente en el arte, la narración de un viaje, el que ha de hacer Roy para encontrar y, en lo posible, salvar a su padre. Un viaje que –como en el obvio modelo: El corazón de las tinieblas, la novela de Conrad– es al mismo tiempo exterior e interior. McBride no ha tenido a su padre como verdadera referencia de su vida, así que la búsqueda que hace de él también es una exploración, dentro del pasado, de sus propios sentimientos filiales.

Como dije, la trama obstaculiza el desarrollo de esta idea, por varias razones. Primero, resulta muy débil: podría hacerse un concurso para encontrar incongruencias y falsedades en ella; por otra parte, la “sociología futurista” que presenta es superficial y previsible. Segundo, porque no se ha encontrado el ritmo para contarla: a veces pasan muchas cosas, a veces no pasa nada y uno casi que se aburre (esto explica en parte la tibia recepción de la audiencia). Pero no se trata de lentitud, pues esta en muchos casos puede y debe ser defendida, sino de falta de intensidad, que es otra cosa.

Como producto de estas deficiencias, la película falla en la tarea de transmitir al espectador la emoción en torno a la cual, supuestamente, fue montada. Este viaje a la locura y a la liberación no resulta comparable con otros basados en la historia de Conrad, como el verdaderamente atosigante de Willard en busca del coronel Kurtz, en Apocalipsis now.

La actuación de Pitt como un astronauta que esconde su debilidad interior detrás de una calculada y socialmente deseada masculinidad es muy convincente y constituye una de los pilares de la película, ya que esta solo ofrece intervenciones muy circunscritas y secundarias a los demás actores. En algunos momentos, la exquisita cinematografía, la ambientación grandiosa pero despojada –en el vacío, por decirlo así– y la imagen hierática y atractiva de Pitt logran, articuladas, un efecto poético indudable. Sin embargo, estos vislumbres de una posible iluminación estética se quedan, como he dicho, flotando en el espacio, sin integrarse, con el resto, en una película plenamente realizada.

Uno se lleva la impresión final de que la –por otra parte indudable– belleza de este filme proviene de la recreación astronómica, y no de donde debería, esto es, de la dinámica de una historia completamente adaptada a su forma.

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Fernando Molina
Fernando Molina. Periodista y escritor boliviano. En 2012, ganó el premio Rey de España de periodismo iberoamericano. Es colaborador de varias publicaciones bolivianas e internacionales, entre ellas El País de España. Fue director de los semanarios Nueva Economía y Pulso, y subdirector del diario La Prensa. Ha publicado numerosos artículos en medios escritos y digitales de su país y de Santiago de Chile, Madrid y México. Autor de libros de ensayos, biografías, historia intelectual y contemporánea, es uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Bolivia.
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