“Asesinato en el Expreso de Oriente”

Una película que da un tratamiento de “novela negra” (y de drama isabelino) a una historia policial de enigma, pero que es un festín visual.

“El propósito es filmar la tragedia colindante, antes que la resolución misma de uno de los más conocidos puzles criminales de la historia”.

La voluntad estética del director y protagonista de este filme Kenneth Branagh es evidente desde la sola decisión de grabarlo en 70 mm, el doble del tamaño normal, con fotogramas -entonces- de una textura espléndida, que parecen pinturas,  compuestos además de una manera siempre equilibrada y armónica, “clásica”.

La voluntad de clasicismo es, en efecto, la segunda fuerza dominante de esta película. Recordemos que Branagh se ha hecho famoso por sus interpretaciones actorales y cinematográficas de Shakespeare (aunque eso no le haya impedido dirigir blockbusters como “Thor”).

Pues bien, lo que ahora intenta es conceder un estatus dramático a una novela policiaca que, dentro del género, también tiene una dignidad clásica. Por eso lo que Branagh lee en ella no es tanto el mecanismo del crimen, que fue lo que la hizo famosa en primer lugar, sino la tragedia que le sirve de contexto y que en su película se convierte en el asunto principal.

Para ello cuenta con un elenco de grandes estrellas, como Johnny Deep, Michelle Pfeiffer, Penélope Cruz, Willem Defoe, Judi Dench, etc. Resalta especialmente, como ha venido ocurriendo en sus últimas películas, la actuación de Pfeiffer. El propio Branagh se ha reservado el papel de Hércules Poirot, el detective más característico de Agatha Christie, autora de la novela de la que hablamos.

Christie es considera la “reina” de un tipo de crimen en particular, el de “habitación cerrada”, en torno al cual se da el subgénero “de enigma” de la novela policial. El tratamiento de Branagh de la historia, sin embargo, es el que recibiría una de otro subgénero, mucho más frecuente en nuestros días, la novela “negra”, en la que lo importante no es el elaborado plan según el cual se cometió el crimen, plan que debe ser descubierto con mucho ingenio por el detective, sino el ambiente, los personajes y demás.

Tal es, justamente, el tratamiento que se necesita para el propósito ya señalado de filmar la tragedia colindante, antes que la resolución misma de uno de los más conocidos puzles criminales de la historia.

Trama

El “Orient Express” era el más famoso y elegante tren de pasajeros europeo de la primera parte del siglo XX. En el filme podemos verlo correr por cornisas montañosas y luego detenerse bellamente ante una avalancha; observar sus lujosos detalles ornamentales; caminar a través de su interior, o ver desde fuera cómo los protagonistas lo recorren, atravesando las áreas comunes, la cocina y el coche comedor; entrar en la estrechas pero cálidas recámaras.

También podemos ver encuadres audaces y armónicos de las reuniones y agrupamientos de los personajes. Planos detalles de la comida, de los utensilios domésticos, de diversos elementos que representan el confort y el “savoir vivre” de esa élite de la “Belle Époque” de la cual escribía Christie.

Y algunas escenas que, insisto, tienen talla de pintura, como esa final en la que el detective da su típico discurso de cierre del caso ante todos los sospechosos, que “posan” con una fantástica indumentaria de época, rodeados de nieve, roca, madera y el abismo.

Poirot se ha subido al tren de improviso, pero quien había decidido usar el viaje del expreso entre Estambul y Francia para cometer un asesinato mantiene su propósito. Un cadáver aparece en el camarote contiguo al del detective, que, empoderado para ello por un administrador de la línea férrea, investiga qué paso, a partir de una escena en la que no existen pocas, sino “demasiadas” pistas.

En la novela la mayor parte del suspenso lo proporciona el hecho de que cada uno de los sospechosos tiene un motivo para matar, pero también una coartada, a causa de esas pistas encontradas en demasía o de lo dicho por otro sospechoso. En la película todo esto se hace más confuso. Un Poirot poco apegado al original, enamoradizo y vital, poco “deductivo” (capaz de derivar las soluciones de complejos razonamientos) y más “inductivo” (capaz de leer intuitivamente los datos), y por tanto más parecido a Sherlock Holmes que a la creatura de Christie, decreta que tal personaje es en realidad tal otro, o que esto es falso y esto no, y se beneficia de “chispazos” que no vienen preparados por las investigaciones previas que son típicas del Poirot original. También se ha añadido un poco de acción, lo que nuevamente nos lleva a reparar en el tratamiento de novela negra que se ha dado al “entretenimiento cerebral (y psicológico)” original.

¿Vale la pena?

En mi opinión, este remake no es superior a la primera versión de este “caso” realizada en los años 70, más apegado al original y por tanto a los factores que lo convirtieron en uno de los “mitos” del arte contemporáneo.

Siendo la inteligencia lo que ha hecho notable a la obra de Christie, no se justifica que ahora se hubiera preferido apelar a la emoción.

Sin embargo, al margen de esto, la película es un festín visual y actoral, por lo que puede ser disfrutada bastante.

Me parece que pueden hacerlo especialmente los espectadores que ya conocen los antecedentes, han leído la novela, recuerdan la historia, y por tanto no está preocupados por el qué y el porqué, mientras que pueden concentrarse completamente en el cómo se narra eso que ya conocen.

Aquellos espectadores que, en cambio, desconozcan por completo el mundo de Christie, quizá vean esta película como vería el “Hamlet” de Branagh un completo ignorante de la obra de Shakespeare: con respeto pero también con cierto tedio.

Lo que, por cierto, debiera llevar de inmediato a uno y a otro a la librería más próxima.

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