BATMAN: EL CABALLERO DE LA NOCHE

El ámbito espacial de  “Batman, el Caballero de la Noche” se reduce a los edificios y calles del centro de la ciudad. Inclusive cuando las acciones se trasladan de Ciudad Gótica a Hong Kong, no parece haber mayor diferencia entre el ambiente de la una y de la otra (edificios de vidrios lustrosos, calles atestadas de luces y de gente). Igual ocurre en el momento en que el enmascarado tiene que ir a cierto depósito abandonado (supuestamente ubicado en las afueras de la ciudad), donde esta encerrado el entonces héroe/después villano Harvey Dent; el mismo aire, el mismo tipo de colores: el mismo planteamiento estético. Todo parece reducirse a eso que los norteamericanos llaman el “Dowtown”.

De esa manera se marcan los límites geográficos en los que el cuento postmodernista oscuro (hace del rechazo a la dualidad bien – mal su principal bandera)  se convertirá en una alegoría sobre el terrorismo contemporáneo.

La desaparición de escena de la mansión de Bruce Wayne, a la que solo se alude en uno de los diálogos del mayordomo Alfred (nos informa que se esta “reconstruyendo”, aunque no nos avisa o recuerda el motivo), le quita su aire señorial al enmascarado. Del ambiente encantado del castillo misterioso, el héroe se traslada a los penthouse frívolos y los aparcamientos toscos.   Esa omisión, sumada a otras decisiones en la composición del personaje, transforma al aristócrata de las cintas de la anterior zaga, en  un yuppie de alto vuelo de la ciudad. Batman pierde en gracia y encanto, y  gana en verosimilitud.

Se trata de  una decisión ideológica, de consecuencias estéticas muy concretas. En “Batman, el Caballero de la Noche”,  el director Christopher Nolan apuesta nítidamente al realismo, en contraposición al manierismo, cercano a cierto tipo de expresionismo contemporáneo, utilizado por Tim Burton en las dos primeras propuestas de la zaga anterior.

No es que nuestro héroe no realice proezas físicas varías, ajenas al común de los mortales (desplazamientos en el aíre, planeos entre edificios, caídas libres de centenares de metros al suelo, etc.). Lo que ocurre es que en este caso su ejecución se “siente”; Nolan hace que los dispositivos que las posibilitan, sean lo suficientemente notorios para que nos demos cuenta que nos encontramos ante un personaje que no es producto de lo mágico o lo irreal, sino más bien del esfuerzo y especialmente de la tecnología.  Un Rodwailler agrede al héroe en los primeros tramos de la cinta, y luego el director nos muestra las cicatrices causadas en el cuerpo del protagonista con lujo de detalles. Luego cuando el hombre murciélago hace que se le modifique el traje para resistir de mejor manera a dicho peligro, recibe la advertencia de que la vulnerabilidad a otro tipo de agresiones ha aumentado. Se trata de un Batman que en su tratamiento se esfuerza por adquirir fuertes dosis de veracidad.

Por ello  también sus artilugios mecánicos cambian de carácter; el carro en que se desplaza Batman no tiene líneas suaves y sofisticadas; por el contrario se parece más bien a una maquina blindada moderna, una replica pequeña de esas que andan dando vueltas en Irak y en Afganistán.  

“Batman, el Caballero de la Noche” comienza como un bien llevado trhiller de suspenso y termina como una alegoría sobre el terrorismo, la irracionalidad, la verdad y en definitiva la lucha entre el bien y el mal.

Sobre el Guasón constituye  se suscitan sus principales giros de la historia y por tanto las vicisitudes psicológicas y morales del resto de los personajes. En las primeras imágenes se nos presenta como un delincuente de poca monta que coloca en jaque a la mafia y la policía al mismo tiempo. Sin embargo, se transforma rápidamente en un agente de violencia irracional. Gracias a sus acciones Ciudad Gótica se convierte en una urbe aterrorizada, con las calles colmadas de ciudadanos cercanos al paroxismo merced  a múltiples asesinatos  y diversos atentados en edificios públicos y medios masivos de transporte (¿alguna alusión a la Nueva York del 11S o a la Madrid del atentado de Atocha?). Pero lo que desconcierta verdaderamente a los rivales del Guasón  (policías y mafiosos), es la completa subversión que realiza a la lógica establecida (¿alguna alusión a los fundamentalistas que no dudan en suicidarse a fin de seguir determinados mandados divinos?).  

El momento culminante en que el Guasón desafía a los valores vigentes, es aquel en que quema un inmenso montón de billetes de a dólar (¿Hay alguna forma más radical de desprecio a la “esencia”  de la sociedad occidental que quemar adrede cuatro o cinco centenares de millones de dólares?).

Si el Guasón trastoca formas de vida y de pensamiento, sus rivales encabezados por Batman y el teniente Gordon  (impecable interpretación de Gary Oldman, notable decisión en el guión al convertirlo en uno de los personajes principales), pierden la brújula al tratar de enfrentarlo,  cruzando concientemente los límites de la Ley. Y en este terreno el director Nolan coquetea concientemente y sin complejos con algunos de los temas más urticantes que han confrontado a los derechos humanos con la seguridad nacional en la administración Buch en esta última etapa. De esa manera vemos como en un momento dado Batman se convierte en un salvaje torturador de prisioneros en una oscura oficina policial, y como en otro viola la privacidad de todos los ciudadanos al convertir sus celulares en objetos de espionaje (¿Alguna reflexión – justificación referente a la prisión de Guantánamo y a las leyes de seguridad aprobadas en el país del norte?).

No se trata de una idea nueva en el cine norteamericano; la temática del vigilante que cruza los umbrales de la ley para hacer justicia (así como el fascismo dice que es, nomás), ha sido casi una constante en los últimos treinta años (atravesando cintas de tan diversa laya, como la serie del “Vengador Anónimo” protagonizada por Charles Bronson, o la notable “Taxi Driver” dirigida por Martin Scorsesse). Pero en este caso sorprende tanto el contexto político en que se realiza la aproximación Nolan, como la sinceridad con que se hace.  

En la película, tanto Batman, como Gordon tienen personalidades dobles, munidas de una ética de caracteres  dudosos. El primero es un atormentado que se desdobla con su mascara, el segundo es un ejemplar padre de familia que no duda en emplear para sus cometidos a policías de dudosa procedencia. El único héroe químicamente puro en escena es Harvey Dent, y es el precisamente, el que por la dureza de la realidad se parte físicamente en dos. En las películas de Burton y de Schumaher los Villanos salían de accidentes científicos (el Profesor Hielo) o naturales (el Pingüino). En todo caso su nacimiento se debía a anécdotas más o menos originales. En “Batman, El Caballero de la Noche” el nacimiento de “Harvey Dos Caras”, emerge nítidamente de la acción, es un resultado de la trama de la película, por eso es que a pesar de su aspecto físico irreal, su integración a ese ambiente realista creado por Nolan, nos parezca tan natural. El proceso de su gestación en la película revela un notable trabajo narrativo.

En la película no solo el único héroe puro se “quiebra” y se convierte al mal, sino que en el discurso final, se nos dice que la verdad no solo puede, sino que en ocasiones debe ser ocultada. Alfred el mayordomo quema la carta póstuma que Raquel deja al protagonista y el teniente Gordon  miente al público y hecha las culpas de Harvey a las espaldas de Batman.

Se trata de una  película que se sostiene sin problemas en sus casi dos horas de duración, merced a un suspenso  armado de inicio en el guión y sostenido con  una realización notable.

Es verdad que si revisamos minuciosamente la cinta encontraremos una o dos lagunas arguméntales (la actitud imperturbable del protagonista, después de que se ve obligado a dejar morir a  Raquel, por ejemplo), pero que no alcanzan a afectar el conjunto.

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