1. Tom Cruise vive en un iPhone gigante. Es decir, en una casita minimalista. Cumple así el sueño de tanta gente de buen gusto, que es dormir en instalaciones que emulen el aire de sus aparatos Apple: ángulos rectos, superficies blancas o cromadas, plástico o vidrio transparente, pocos muebles. Todo, hasta la ropa, se ve en esta casa muy hightech y muy limpio, fiel a la estética puritana de Steve Job.

2. Pese a sus coincidencias de estilo, lo que acabo de describir no sucede en Santa Cruz, en alguna nueva urbanización exclusiva: sucede en el futuro y, más que en la arena, allá por el noveno anillo, sucede sobre ella, pues la casita minimalista de Cruise flota, aleve y transparente, casi confundida con las nubes. Esto el diseño de un look es lo más interesante de la película Oblivion (Olvido), que acabo de ver en un servicio de streaming porque me la encontré en una lista de “clásicos de la ciencia ficción de la última década”. Como a media película, me di cuenta de que ya la había visto, hace años. Y que no me acordaba de nada, ni siquiera del hecho de que ya había escrito sobre ella un comentario. Oblivion indeed.

3. Oblivion trata al menos, sin mayor suerte, de pulsar los dos botones que hay que pulsar para producir una película de ciencia ficción digna: a) no sólo el diseño visual de los espacios que podríamos habitar en el futuro o en una realidad alternativa; b) sino también la sugerencia de que ese futuro más allá de su diferencia en cuestión de vestuarios, muebles y estilos arquitectónicos ha afectado cosas hasta importantes: nuestra relación con la memoria, el tiempo, la identidad o el cuerpo. En breve: que al redecorar la realidad también podemos decir que ya no somos los mismos de antes.

4. No es ningún secreto que, en el cine (y no en la literatura), la ciencia ficción anda hace tiempo de capa caída. O, más bien, de capa alzada: la de los superhéroes, esos que levantando, muy coquetos, el borde de sus variados disfraces han ocupado, con sus narrativas de mala historieta, el lugar de la especulación utópica. Porque sugerir o imaginarse que algo ha cambiado –en nosotros o la realidad exige proponer ideas. No basta con diseñar el look de lo que vendrá (o podría ser) sino, además, hay que pensar las consecuencias. En Oblivion, decía, se hace por lo menos el intento: su futuro minimalista de superficies blancas y plásticos transparentes es, a ratos, hipnótico, cercano al que George Lucas pensó en 1971 para THX 1138, tal vez su única buena película. Y, además, Oblivion ofrece cumpliendo el requisito dos de nuestra fórmula el imprescindible repertorio de ideas copiadas de aquí y allá (La Matriz, Odisea 2001, Blade Runner, El vengador del futuro, etc.), aunque termina poniéndolas al servicio de lo que realmente le interesa: las escenas de acción. Tal vez pedirle ideas al cine hollywoodense actual es mucho pedirle: como un robot desquiciado, es un cine que termina hecho un atado de cables y chispas que repite, melancólico, I am afraid I cannot do that.

5. Una revisión de lo que los consensos críticos consideran las mejores películas de ciencia ficción de la historia caería en cuenta de lo poco o nada que los últimos 20 años han contribuido al género. Lo cual, a su vez, ilustra lo ya dicho: el cine de ciencia ficción nunca ha sido una cuestión de exhibir tecnologías sino de especular de manera realista sobre sus consecuencias. El secreto del hombre invisible nunca fue andar mostrando su invisibilidad sino las reacciones que es invisibilidad provocaba: un personaje, por ejemplo, conjetura en la novela de H.G. Wells de 1897 que quizá sea negro (africano, dice), pues al verlo en la oscuridad no ve sino más oscuridad. Importa entonces menos la pregunta de la que parte la ciencia ficción (¿Qué pasaría si…?) y mucho más la exploración de las respuestas posibles. ¿Qué pasaría si creamos androides con cierta capacidad para el recuerdo y la memoria? es la pregunta que se hacen Frankenstein, Blade Runner (en sus dos capítulos), Oblivion, Ex Maquina y decenas de películas. Lo que interesa es cómo la responden.

6. Es claro que no considero que sean ciencia ficción en su sentido pleno esas películas de aventuras, acción o desastres que apelan a las coartadas del futuro. Basta hacer un test mental: ¿Podrían estas películas ser trasladadas a otras épocas y géneros? Si la respuesta es sí, entonces lo de ciencia ficción (y su futurismo tecnológico) es un mero pretexto: no pertenece al género ni la interminable franquicia de La guerra de las galaxias (que, de hecho, arrancó con la adaptación o copia de una película de samurais medievales, La fortaleza escondida [1958] de Kurosawa), ni tonterías como los Transformers (que podrían ser vaqueros, sin ningún pierde), ni la mayoría de los superhéroes (que podrían ser espadachines, boxeadores o soldados, sin otro cambio que el vestuario y las armas). Tampoco, por ello, Alien, el octado pasajero es ciencia ficción: es una de terror que usa una nave espacial en vez de una casa o un closet; o la última versión del El hombre invisible (2020), en la que la invisibilidad es un privilegio más de la violencia patriarcal.

7. Al revisar lo mejor de la ciencia ficción nos damos también cuenta de cuán poca tecnología se necesita para hacerla. Es más: habría que añadir que las computadoras cagaron la ciencia ficción: es con su aparición masiva a principios de los noventa que el género dejo caer la capa. De hecho, la época de oro corresponde a veinticinco años mágicos en los que no había esas computadoras: 1962-1987.

8. Son grandes películas (y aquí viene la lista) de esas dos décadas y media: Odisea 2001 (1968) y La naranja mecánica (1971) de Stanley Kubrick; Solaris (1972) y Stalker (1979) de Andrei Tarkovsky; la seminal La Jetée (1962) de Chris Marker y Alphaville (1965) de Jean-Luc Godard; o los perdurables entretenimientos comerciales El planeta de los simios (1968) de Franklin Schaffner, Silent running (1972) de Douglas Trumbull, la magnífica Soylent Green (1973) Richard Fleischer, Westworld (1973) de Michael Crichton. Y de esas décadas son también La muerte en directo (1980) de Bertrand Tavernier, Blade Runner (1982) de Ridley Scott y Brazil (1985) de Terry Gilliam. O las películas de David Cronenberg: Scanners (1980) y La mosca (1986). Hasta El dormilón (1973) de Woody Allen corresponde a este período.

9. Hubo, claro, otros períodos felices: entre 1927 y 1935 se produjeron Metropolis de Fritz Lang y dos de James Whale: Frankenstein y El hombre invisible. O en los años cincuenta: El día que paralizaron la tierra de Robert Wise, Quatermass II de Val Guest y la gran Planeta prohibido de Fred Mcleod Wilcox.

10. En este género, lo poco memorable del último cuarto de siglo, en plena fiebre de las imágenes generadas por computadora (CGI), ha sido increíblemente low-tech. Casi como si la tecnología fuera una distracción: tal vez cuanto menos se piensa en los efectos, se tiene más tiempo para pensar en el guion. Es low-tech el Eterno resplandor de un mente sin recuerdos (2004) de Michel Gondry y Charlie Kaufman, o 2046 de Wong Kar Wai, o Hijos de hombres (2006) de Alfonso Cuarón. Películas que casi no son ciencia ficción.

Mauricio Souza Crespo
Sobre el autor

Mauricio Souza Crespo

Mauricio Souza Crespo. Es catedrático de la Carrera de Literatura de la UMSA. Por más de treinta años ha trabajado o colaborado en medios de prensa. Ha publicado dos libros (sobre poesía modernista en general y la obra de Ricardo Jaimes Freyre en particular), editado media docena y sus ensayos han aparecido en revistas especializadas de varios países. Ha sido Director Editorial de Plural editores. Sus últimas publicaciones están cerca de la edición: fue editor de la colección 15 Novelas Fundamentales del Ministerio de Culturas del Estado Plurinacional de Bolivia (2012), de la Obra completa de René Zavaleta Mercado (tres tomos: 2011-2015), de los Ensayos escogidos de Luis H. Antezana (2011) y de Cine boliviano: Historia, directores, películas (2014).

2 Comments

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    La clase señorial boliviana está viendo mucho cine alienado, de otras realidades. Esto es muy positivo para nuestra elevación cultural y espiritual por encima del plebeyaje populachero. La altísima cultura de las películas internacionales garantizará nuestra distancia con la «plebe en acción», o sea, con las hordas masistas. Comunidad ciudadana está totalmente en contra de la plebe en política, esas masas inconscientes que no saben por quién votar y terminan escogiendo a gente como Trump o Maduro o el mismo Arce Catacora.
    Que siga adelante este fantástico blog de cine de alta cultura; tan alta la cultura que ni siquiera puede aceptar que haya salas masivas donde se doblen las películas alienadas que nos llegan de afuera, del liberalismo feliz al que el plebeyaje aspira, en lugar de aspirar a la aristocracia europea, de donde viene el mejor cine. La aristocracia, el señoriaje europeo que nos enseñó a ver esas películas de tomas largas e insufribles ¡Ah, la alta cultura cinematográfica!

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    «Ivy Maraey» es una película de ciencia ficción LowTech (como llama el crítico). Lo nacional tiene también grandes obras de ciencia ficción, como la clásica «El triángulo del lago» de Wilson Urrelo o «El pocholo y su marida» de los hermanos Loaysa. Ninguna de estas políticas muestra como las mías lo positivo que fue para Bolivia el Proceso de cambio al que dio lugar la elección de nuestro adorado presidente vitalicio, Evo Morales. ¡Qué importante fue no votar por el letrado señorial del Mesa!

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