Fernando Molina

La saga “Jumani”: de menos a más

La saga “Jumani”: de menos a más

En 1981, el autor de libros ilustrados para niños Chris Van Allsburg publicó “Jumanji”, la historia de unos niños que encuentran en el parque un juego de mesa con este nombre y, una vez en casa, empiezan a jugarlo pese a la advertencia que contenía de “no comenzar si no se tenía la intención de terminar”. Los niños descubren que en cada turno las situaciones del juego se vuelven reales. Como se trata de un juego de la jungla, los personajes que surgen a la vida son animales salvajes que, como es lógico, hunden la casa familiar en un caos. Para salir de esta comprometida situación, los niños tienen que terminar el juego, lo que finalmente logran. Luego devuelven el tablero otra vez al parque, donde, ay, otros niños lo van a encontrar.

Los dibujos de Van Allsburg eran realistas y, a la vez, encantadores. Pero la historia que acabo de resumir los trascendió ampliamente. En 1995 esta saltó a la gran pantalla. La película “Jumanji” fue dirigida por el entonces famoso Joe Johnston, el director de “Querida, encogí a los niños”, y protagonizada por el histriónico y triste Robin Williams. Tuvo un considerable éxito de taquilla, pero no fue muy bien tratada por la crítica. La trama demandaba una gran cantidad de efectos especiales y la tecnología de la época estaba lejos de sus logros actuales. Además, la película era algo estresante y escabrosa, pese a su calificación de “apta para todo público”. Entre las novedades que presentaba respecto al libro original estaba la inquietante idea de unos personajes que se quedaban dentro del juego por décadas, hasta convertirse en adultos. Pese a esto, o quizá por esto mismo, la “Jumanji” de 1995 se convirtió en un “clásico” en algunos de los sentidos descritos por Mauricio Souza en una de sus últimas columnas en este blog.

Las secuelas no tardaron en presentarse. El propio Van Allsburg le dio una continuación a su libro y publicó “Zathura” en 2002. Era un “Jumanji” en el espacio y fue llevado al cine en 2005, diez años después del estreno del primer filme. La película fue dirigida por el también actor Jon Favreau, conocidísimo por su rol como asistente de Iron Man en la serie de películas de este personaje. “Zathura” era más entretenida y moderna que “Jumani”; los efectos estaban mejorando pero todavía resultaban algo inverosímiles.

Cuando 12 años después “Jumanji: bienvenido a la jungla” llegó a las salas, todos pudieron comprobar que, por una vez, en esta franquicia la artesanía cinematográfica iba de menos a más. Lo usual, no necesito decirlo, es lo contrario. Además de tener muchos mejores efectos, “Jumanji: bienvenido a la jungla” dio un giro ingenioso a la historia: convirtió “Jumanji” en un videojuego y, entonces, lo hizo jugar por adolescentes que, además, tenían avatares adultos. Esto generó oportunidades de comicidad inexistentes en la película previa y permitió reunir un elenco muy sólido, que sin duda constituye lo mejor del filme. Entre los actores estaban los ultra-célebres Dwayne (“La Roca”) Johnson y Jack Black (“Escuela de Rock”). El filme fue dirigido por el director de comedias Jake Kasdan (el mismo de las graciosas “Nuestro video porno” y “Malas enseñanzas”).

“Jumanji: bienvenido a la jungla” fue un exitazo de ventas y crítica, lo que no hace nada sorprendente que dos años después, a fines de 2019, se estrenara el tercer capítulo de la secuela: “Jumanji: el próximo nivel”, título que podría repetirse muchísimas veces, ya que, como se sabe, los juegos electrónicos cuentan con muchos “niveles”, cada uno más difícil que el otro.

La última obra de la serie, que estos días se puede ver en HBO, sigue siendo bastante divertida, gracias en parte a la incorporación de dos ancianos: el abuelo de Spencer, uno de los chicos que habían jugado la anterior vez, protagonizado por Danny DeVito, y su amigo, encarnado por Danny Glover. Como es lógico, la narrativa ya comienza a oler a guardado: perdió la frescura de la entrega anterior. Además, los chistes no son tan buenos como en aquella. De todas formas, como digo, el resultado todavía es agradable y entretenido: una mezcla de aventura y de comedia que se mantiene equilibrada, sin dejarse penetrar en exceso por ninguno de estos dos géneros.

Por inspiración de Van Allsburg, esta serie de películas versa sobre un tema que parece trivial pero no lo es, el juego. En los años 30, el historiador Johan Huizinga escribió un libro fundamental, “Homo Ludens”, en el que proponía una tesis muy atrevida: la cultura –entendida como el acervo espiritual del ser humano– proviene del juego, que es previo a ella. Los animales también juegan.

Huizinga comenzaba mostrando las analogías existentes entre juego, ritos religiosos y arte. Define el juego como un hacer aparte de la vida ordinaria; un hacer que se realiza en un espacio que ha sido delimitado adrede para impedir las interferencias de la cotidianeidad (un espacio, entonces, “sagrado”); un hacer que se realiza por gusto, nunca por fuerza, y por tanto es libre; que siempre es agonista (es decir, que implica competencia y tensión o busca de un logro) y representativo (se juega a “ser como…”).

Es verdad que jugamos para ganar, pero casi nunca porque el triunfo nos dé una recompensa extra-lúdica. Según Huizinga, el juego es inútil en términos materiales pero, pese a ello, tiene sentido: un sentido inmanente y difícil de determinar. No jugamos para entrenarnos ni para prepararnos ni para descargar nuestras energías físicas o mentales. Jugamos porque sí. El juego es lo opuesto a la vida ordinaria y, entonces, nos permite escapar de ella. Lo que significa, de una manera profunda, “entretenernos”. Nada se gana con ello pero al hacerlo creamos (creamos nuevas vidas que adoptamos por un rato como las nuestras).

Esta “exterioridad” autosuficiente también caracteriza a la religión: todas las ceremonias de todas las religiones la buscan. Y está en el arte, que “sirve” para escapar de la realidad creando una realidad paralela.

El argumento de Huizinga que más me gusta es el siguiente. Dice que se conoce al juego como un hacer en el que “perdemos la cabeza”. El juego poco tiene que ver con la risa; es una actividad obsesiva y muy seria. O veamos a nuestros hijos jugando sus videojuegos, “siendo” por un rato sus avatares ultra-musculosos y terroríficos y enfocándose totalmente en el objetivo definido. Nos dan miedo, así que tratamos de detenerlos. Tememos que se pierdan ahí dentro, como se pierden los jugadores dentro “Jumanji”, por décadas o el resto de sus vidas.

Fernando Molina
Sobre el autor

Fernando Molina

Fernando Molina. Periodista y escritor boliviano. En 2012, ganó el premio Rey de España de periodismo iberoamericano. Es colaborador de varias publicaciones bolivianas e internacionales, entre ellas El País de España. Fue director de los semanarios Nueva Economía y Pulso, y subdirector del diario La Prensa. Ha publicado numerosos artículos en medios escritos y digitales de su país y de Santiago de Chile, Madrid y México. Autor de libros de ensayos, biografías, historia intelectual y contemporánea, es uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Bolivia.

4 Comments

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    Es para mí un verdadero gusto poder decirle ignorante a quien se precia de ser un erudito. Y ojalá por ser tan ignorante, le lleguen las peores desgracias a su familia y a sus seres queridos; que las personas saqueen las tumbas de sus familiares muertos y humillen a los cadáveres con violaciones e injurias (como cagarles o mearles encima). Lo mismo hay que desearle, claro, a la blancoide enana de su mujer.
    A continuación, veremos en qué medida el hijo de una puta que no supo darle educación se equivoca en sus análisis sobre lo que insiste en llamar golpe de Estado:
    1) febrero de 2016: tras un escándalo de faldas (de esos que no paran para Evito y con los que Molinita seguro se identifica al ser un galán consumado -basta leer su detestable libro de poemas), los resultados del referéndum para habilitar al binomio antidemocrático a una reelección (por cuarta, no tercera vez, como quiere hacernos creer el enano cobarde de Molina) son negativos por un 51%. El gallito de Molina, García, designa a esto como «empate técnico». Digamos que un 1% es irrelevante para Lineras; digamos que ese mismo margen de error le dio la victoria en primera vuelta a Morales; digamos que le podíamos quitar eso para que hubiera segunda vuelta. Digamos que la candidatura del binomio era ilegal e inconstitucional. Señor puto Molina cobarde hijo de puta y de viejo cojudo (pues su padre era eso, un neurólogo cojudo y anciano).
    2) El trumpismo recién ingresó al poder ese mismo año. O creemos que somos el centro del mundo, como la mayoría de los antiimperialistas delirantes y paranoides sostiene, y que los EUA están obsesionados con nosotros. O creemos que el escándalo de Zapatao se debió más al machismo congénito del «líder carismático», como lo designa el infame que esperemos muera pronto (nos referimos a Moliniux). ¿Cómo se puede defender la anulación del referéndum si era vinculante y de simple mayoría con alusiones a una supuesta intervención norteamericana? Molina debe saber de problemas de faldas si es capaz de enamorarse tan mal; les pescaron eso, señor amorcitos, les pescaron eso y la población no lo dejó pasar.
    3) En 2016 también se firma el contrato de construcción del hospital nuclear con la Rusia del gallito de todos: Vladimir Illianov Lenin, digo Putin (Marx no quiera que confundamos a esos dos nunca más en la vida). El señor Molina, al que le gustan tanto las series de tv, parece no haber visto «Chernobyl», de Lars Von Trier. Pues bien, como no se informa, el ignorante Molina no sabe lo que vienen haciendo los rusos desde 2012. Quizás, de hecho, Nandito pueda pedir pega en Sputnik o RT cuando tenga que fugar por «persecución política».
    4) Evo Morales, por altanero, perdió para siempre el mar. Esto no se debería pagar barato. El exilio es bueno, pero habría que pensar en exterminar a su descendencia también. Será difícil, pues sabemos que la semilla fue puesta en todo lado, incluso seguramente en el órgano reproductivo de la mujer de Molina. Por suerte ella usa preservativos y anticonceptivos.
    En fin, me detengo. Nadie lee los mensajes largos de Whatsapp.
    Saludos, Molina. Cuando quiera, nos trenzamos a golpes; eso sí, sin armitas ni cobardías. Uno a uno.

    ¡Chi-nga a tu puta madre muerta cabrón!

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    Señor Moldiz:
    Usted no sabe nada del juego, la timba. Ojalá hubiera apostado un centavo en su vida, conservador económico.
    Ojalá Marinkovic viole a Susana Bejarano.
    Saludos desde la Asamblea Legislativa,

    Macho K-Macho (pronto cogiéndome a Bejarano cuando me entreviste y yo esté en el poder)

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    Decálogo de la mentira:
    1) No soy masista porque soy demasiado liberal. Tan liberal que pongo a mi propia hija a escribir reseñas de películas que a mí me encantaría reseñar, pero que me harían quedar mal. Las reseñas de mi hija son buenísimas, las más interesantes de todas (recuérdese que es un decálogo de pura mentiras).
    2) No soy pititas porque no soy racista y soy muy progre. Tanto así que tengo amigos mexicanos que cobran un chingo por contratos fraudulentos, me casé con una enana (lo que me hace inmediatamente no racista, aunque la enana sea blancoide y no tenga un solo apellido indio en, por lo menos, tres generaciones de su ascendencia, como yo). Esperen, esto debería ser un decálogo de la mentira, no de la verdad. Yo no soy racista como los pititas porque acepto y tolero a los indios siempre y cuando no tenga que reproducirme con ellos, por eso te adoro, mi midget bebé.
    3) Nunca me equivoco, menos aún desde 2010 cuando publiqué mis libros contra el Linazas y el Evo y comencé a seducir y mi actual amorcito que me garantiza no ser racista porque ella pertenece a la raza «enanos» del señor de los anillos, que tanto me gusta leer.
    4) En el 80, me equivoqué al profetizar que Bolivia sería trotskista o no sería.
    5) En los 90 me equivoque al profetizar que Bolivia sería gonista o no sería.
    6) En los 2000 me equivoqué al profetizar que Bolivia sería cayetanollobista o no sería.
    7) Soy un anciano senil con aires de veinteañero y me siento muy dicharachero. Aquí unos dichos:
    8) ¡Carajo que no soy masista aunque adoro al MAS!
    9) Más vale tocayo del Mayorga que amigo del Mansilla.
    10) Daniel Llorente, mi piiojito cabrón, te adoro, bebé amado.
    Perdón.

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    Lector Molina:
    Usted me cita y cita que da calambre y no repara en que algunos de mis conceptos van en contra de lo que usted cree y sostiene.
    A ver. Primero, lo señorial, como usted dice -aunque con el error de decir que NO es paradoja, eso es una defiiciente lectura de su parte-, es algo que permea el comportamiento de la elite boliviana. Ahora, o usted no vivió en Bolivia por los últimos años o el amor le ha nublado la vista, pues la elite tradicional ya pasó por un proceso de decadencia, si no, vaya usted a consultar la ficción cometida por esas mismas clases decadentes. Desde «Zona Sur» hasta «La isla trasnochada», pasando por «Illimani púrpura». Que esta elite esté de salida aunque no quiera terminar de morir aparece clarito en las lecturas de mi lector correcto y mucho mejor intérprete y editor, Mauricio Souza: lo que vemos hoy son espectros, pero también de la hegemonía masista. Esa hegemonía es ahora un contubernio de busca-pegas, como usted parece saber de primera mano.
    Segundo, el carácter paradójico del teorema debe ser mantenido porque de otro modo no explicaría fenómenos como la entronización del último Inca, Evo Morales Plata. Ahí tiene usted una ceremonia señorial con todos los fastos necesarios a la orden del día. Ahora, si usted es un racista -y recientemente parece serlo-, usted verá en estas manifestaciones la acción de una justicia divina, cuando en realidad se trata de una reproducción de la mentalidad señorial. Paradójico que aparezca en el adalid revolucionario, como apareció en Paz Estenssoro, en Jaime Paz Zamora y en mí, tal vez, de haber seguido vivo.
    Tercero, váyase al carajo y deje de citarme. Lea a Spedding o a Rivera Cusicanqui; o cite más a los jóvenes alteños a cuyo grupo tanto quisiera pertenecer usted. Una vida no alcanza, amigo Molina, y no se puede tenerlo todo.
    Un abrazo desde el más allá. No se haga contagiar del virus. Y a ver para cuando su lectura de mi obra en su periodo postnacionalista,

    Reneco

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