NADA

Nada, la nueva serie de televisión argentina estrenada hace dos o tres meses por la plataforma de streaming Disney-Star, es una propuesta atractiva por varias razones. En primer lugar, porque brinda un retrato distendido y afable de lo que podríamos denominar como la “cultura porteña”, encaramada en este caso en el “cheto”, el personaje de la elite tradicional bonaerense, hoy perdida entre los aires de la globalización y como resultado del ascenso social argentino (para ello sirvieron en realidad, las décadas de regímenes peronistas).
Otro elemento que contribuye poderosamente a la simpatía que posee la propuesta, es que la descripción sociológica que de alguna manera pretende realizar se centra en elementos de la gastronomía tradicional argentina. Y finalmente, contribuye no poco, el encuentro, poco previsible, de dos grandes del mundo de la actuación pertenecientes a universos distintos; Luis Brandoni y Robert de Niro. Este último según rezan las reseñas publicitarias, en su primera incursión en una serie televisiva.
Manuel, descendiente de diplomáticos y políticos de alcurnia, vive en una casona de los barrios tradicionales porteños. Por los datos que nos otorga la serie, podemos colegir que nunca tuvo un “trabajo” separado de los privilegios vinculados a su condición social. En el presente se desempeña como critico culinario, lo que le otorga el privilegio de comer gratuitamente en los mejores restaurantes (trabajo poco redituable, ya que para sobrevivir nuestro protagonista debe recurrir a la venta las obras de arte que le dejaron como herencia sus progenitores). Manuel, por tanto, es poco funcional ante las claves de la vida moderna; ni sabe conducir (todo aristócrata que ser respete tiene chofer), ni entiende el mundo digital, ni entiende (ni quiere entender) las claves administrativas y burocráticas de cualquier ciudad moderna. En general se maneja con un aire de la superioridad y desprecio al entorno, que generalmente acompaña a los abolengos sociales con cierta antigüedad.
Para su vida diaria Manuel depende de Celsa, su empleada de toda la vida, la que deja de prestar sus funciones de un momento a otro. A partir de ese punto se desata el nudo argumental de la serie, en el que la vida de nuestro amigo se desordena y el debe tratar de adaptarse. En ese contexto, y dada la necesidad, aparece en escena como nueva empleada Antonia, una joven migrante paraguaya, la que no cumple con los requisitos básicos exigidos por el empleador, aunque finalmente termina acomodándose a la situación.
La descripción que hacen los productores – realizadores de Manuel, en realidad es un canto de amor a la vieja Buenos Aires; sus modos, sus manías y sus tics.
La aparición de De Niro en escena, encarnando a un escritor de fama mundial, que acude a la llamada de Manuel, su amigo, para realizar la presentación de su nuevo libro, no solo no es forzada, sino que otorga la serie algunos de sus mejores momentos. Utilizando con gracia un recurso conocido, el actor norteamericano “describe” en ingles algunos de los elementos típicos de la cultura porteña (las malas palabras especialmente, lo que, sin duda, constituye uno de los mejores aportes de la serie). La amistad en la vida real entre Brandoni y De Niro, según ha dicho el primero en alguna entrevista, es muy parecida a la que se retrata entre los personajes en la serie; un vinculo establecido en base a una simpatía y admiración mutua y alimentado en base a palabras sueltas del inglés, el español y el italiano (ya que ambos tienen ascendientes en dicha cultura).
Si Nada tiene sus fuertes en el planteamiento de la situación, la descripción del ambiente y la fuerza de sus personajes, lamentablemente tiene sus mayores debilidades en su estructuración narrativa general y la resolución de la trama, lo que se hace notorio en sus capítulos finales. No se trata de que la idea central sea mala y haya sido muy usada en el pasado (viejo aristócrata recupera su vitalidad merced al encuentro con una migrante joven y pobre), sino que en este caso está muy poco desarrollada, lo que genera que los resultados que se van viendo no se expliquen o se expliquen muy poco.
En general se reclama a las series estrenadas por plataformas, que se alargan innecesariamente para cumplir con cuotas de sus exhibidores. En este caso ocurre lo contrario; los cinco capítulos de 30 minutos de duración promedio, son insuficientes para desarrollar adecuadamente un muy buen planteamiento inicial y las múltiples ideas que en base a él, se van presentando en los capítulos iniciales.
Mariano Cohn y Gastón Duprat, los productores y realizadores de la serie, son los exponentes de una suerte de “comedia ilustre”, en el audiovisual argentino. Han dirigido cintas como El hombre de al lado (2008), o precisamente El ciudadano Ilustre (2016), siempre impecables desde el punto de vista de la formalidad y el planteo argumental; bien pensadas, pero a las que generalmente les falta una pizca de apasionamiento.

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