CAMINANDO POR EL PARAISO DIGITAL

0
714
views

En “Los Polvos Azules”, un gigantesco mercado negro de Lima, las versiones pirateadas de las últimas películas de moda  se venden a aproximadamente  un dólar con cincuenta; en la misma ciudad, en un “Mall” situado a veinte minutos de taxi, las mismas cintas, en este caso “legales”, se adquieren a un mínimo de treinta unidades de la misma moneda. Ahí no hay cuerpo represivo, conciencia cívica, ni norma legal vigente que resista: la tentación es simplemente irresistible.  Al lado, en un país como Bolivia ni siquiera tenemos opción para elegir: no hay venta establecida de cintas legales, de tal manera que los aficionados al séptimo arte tenemos que recurrir  necesariamente a los discos pirateados, con la sola excepción   de las películas producidas en el país.  Los avances tecnológicos que vivimos día a día, chocan de manera ineludible contra la forma de propiedad imperante en la sociedad. Esta frase, que unas cuantas décadas atrás podría haber sido parte de algún enunciado teórico de corte marxista, hoy en día se ha convertido en un objeto de constatación cotidiana,  como lo prueba el ejemplo expuesto líneas arriba.

Los ejecutivos de las grandes compañías de entretenimiento y software se esfuerzan por encontrar formulas que  frenen  la piratería mundial  y en el edifico de al lado, las también  grandes compañías de artefactos electrónicos no cesan de lanzar al mercado nuevos modelos  con los que cada vez es más fácil copiar los productos digitales.  

Al margen de quejas y sermones, la realidad marcha en esa dirección  y el mismo principio que hace que determinadas herramientas digitales como el Twister y el Facebook sirvan para intentar burlar a la censura política en los países en los que esta intenta imponerse, es el que hace que cada vez sea más fácil intercambiar productos culturales, ideas,  movilizar la imaginación (y de paso también piratear).

Esa enorme  facilidad coloca a los productores  de países como Bolivia ante una realidad contradictoria pero potencialmente fecunda: por una parte nos obliga a luchar intensamente contra la “homogenización” que los dueños del mercado mundial intensifican de la mano de los vehículos en los que se halla sustentada la globalización (internet, televisión por cable, etc.), pero a  su vez  abre la posibilidad de estructurar  industrias culturales propias, de usarlas para reconquistar nuestro imaginario y  de difundir sus productos a través del universo virtual.

En el caso de la imagen en movimiento y más específicamente de la cinematografía es difícil imaginar un monopolio mayor al que alcanzo en la postguerra el cine norteamericano. Ese dominio absoluto terminó de consolidarse tras la caída del muro de Berlín a finales del anterior siglo. Ahí con alguna que otra excepción del tercer mundo, no quedaron países “resistentes” a la “dulce” dominación. Por eso es que los costos de producción se dispararon y los mecanismos de promoción se tornaron cada vez más amplios y eficientes. En una entrevista realizada hace treinta años Spielberg alertaba sobre la “subida” del costo de las superproducciones de ocho a treinta millones de dólares, y hoy las mismas  hace rato ya sobrepasaron la línea de los doscientos; cifra sostenida no solo por los ingresos de la exhibición  propiamente, sino también  por el control ejercido sobre la televisión (abierta y de pago), el DVD y el “merchandaising”.

Por eso es que en la mayor parte de los países del mundo  no se lucha por “exportar” cine a los circuitos comerciales,  sino que más bien el combate se da  por disputar la  pantalla nativa a las producciones del norte.

En Bolivia lo que ha logrado el digital es bajar los costos de producción a la medida de la recuperación en el mercado interno.  Es un dato significativo; hasta hace unos años los productores no tenían más opción que arriesgar la inversión económica de sus propuestas, encomendándola  a hipotéticas ventas en el exterior (que muy rara vez se daban, o que si lo hacían era a precios insignificantes frente a la inversión), a menos que tuvieran algún tipo de financiamiento interno.   Hoy la globalización ha abierto ampliamente las compuertas de un intercambio cultural que siempre se realizó en condiciones de desigualdad, pero en contrapartida el digital nos ha dado la herramienta para tratar de ponernos a la par, ocupar los terrenos en que se disputa el imaginario e intentar universalizar nuestras expresiones culturales.

Ese es el paraíso que hoy puede vislumbrarse, pero para llegar a él se  necesita dar los pasos que transforman a la posibilidad en realidad. Es necesario, salvo en aquellos casos en que se cuente con un aporte externo, que el conjunto  de la producción se adecue al tamaño del mercado, pero además es  importante que dentro del mismo sepamos con claridad nuestro destinatario. Esto nos permitirá tener posibilidades de lograr una continuidad creativa y en definitiva nos pondrá en el camino de consolidar una industria (o por lo menos de mejorar la factoría en la que nos movemos).   

Tenemos acceso al mercado, pero lo que no podemos igualar es el “mercadeo global” que ejercitan las grandes distribuidoras a nivel mundial (contra cuyos productos, nuestras películas compiten el fin de semana del estreno). Una cinta promocionada por una “Major” dispone de publicidad indirecta desde varios meses antes de su estreno; periodistas de todos los países son invitados (incluyendo al nuestro en el último tiempo) al set de filmación que generalmente esta cercano a algún paraíso turístico; los canales de cable afines a la distribuidora exhiben “especiales” sobre el rodaje de la película, va apareciendo publicidad sobre la misma paulatinamente en el internet, etc. En el momento del estreno todo el proceso se intensifica y eso hace que los espectadores tengan mayor información sobre dichas cintas que sobre las nuestras. Siempre hemos sabido que las políticas de fomento son fundamentales en rubros como la producción y la distribución, sin embargo en las viejas épocas para la promoción bastaba con unos afiches y con rondas de prensa. Esa realidad hoy ha cambiado a la par de la globalización y de manera específica la promoción entra dentro del área de prioridades para un cine sostenible. Este razonamiento, especialmente pensado para el cine que pretende entrar al circuito comercial, también es aplicable al que tiene otros destinatarios como el cine arte; ¿acaso este también en su propia dinámica y respecto a sus propios destinatarios no necesita “mercadearse”?.

Cuando nos referimos al estreno en las salas comerciales, nos referimos a un público de clase media (el que puede pagar los 25 o 20 bolivianos de entrada),  y lamentablemente en el país el público perteneciente a los sectores populares  está en manos de la piratería. Las salas de reestreno prácticamente no existen y el “DVD legal”, por sus costos solo puede ser adquirido por la clase media alta (la misma que va a las salas de estreno). En este caso una real política de fomento tendría que contemplar en una instancia la creación de salas alternativas y en la otra la incorporación de la producción de DVDs baratos y VCDs de tres bolivianos a la  legalidad, para que no repitamos eternamente la experiencia narrada en las primeras líneas de este artículo (quizás eliminar la piratería sea imposible, pero por lo menos podemos tratar de tenerla a raya en lo referente a las producciones nacionales, merced a la intervención del Estado). En el pasado inmediato se ha demostrado que la negociación individual de los productores con los piratas no conduce a nada y que este tema solo podrá ser resuelto con la intervención de las instancias oficiales.

Hay algunos artículos que aseguran que este año se han producido más de catorce largometrajes en Bolivia y no existen estadísticas es sobre la cantidad de cortos que se realizan en ámbitos como las universidades, los barrios, los centros culturales y otros. Necesitamos un cine diverso, que exprese la mayor cantidad de inquietudes posibles,  y que sea tan intensamente diverso  como el país que se ha descubierto a sí mismo en los últimos años. Existe  una inquietud expresada en  la producción audiovisual a tono con los tiempos políticos que vivimos, pero solo  si hay una acción  intensa de fomento a la capacitación, la producción y la distribución esa diversidad podrá expresarse y para eso se necesita el desarrollo de genuinas industrias culturales; dejar las palabras y pasar a las acciones concretas. Si se dan esas condiciones, es posible que entonces podamos comenzar a cruzar los umbrales de ese paraíso prometido.

Artículo anteriorAtrapados en un ascensor
Artículo siguienteMicroreseñas: Horizonte profundo
Rodrigo Ayala Bluske
Rodrigo Ayala Bluske es cineasta y ensayista. De 1985 a la fecha ha colaborado en diversos medios de prensa como crítico de cine y columnista. Ha realizado más de una treintena de trabajos entre cortometrajes, seriales de televisión y largometrajes. Entre los principales se encuentran “Fuego Cruzado” (1995) serie de televisión y los largometrajes “Día de Boda” (2008), “Historias de Vino, Singani y Alcoba” (2009), “La Huerta” (2012) y “Tarija, Valle Central” (2012). Ha publicado ensayos e investigaciones sobre gobernabilidad, política y recursos naturales, entre los que se encuentran “Personajes Increíbles vistos por un Clasemediero en Crisis” (2005), “La Construcción del Nuevo Paisaje Político Tarijeño” (2011) en “Cuadernos de Futuro” (PNUD) y “Tarija: Escenario de las tres Batallas” (2012). Actualmente es director de Protección del Medio Ambiente Tarija.
Compartir

Deja un comentario