Según una de las versiones de esta epifanía patria, era el año de 1851 y el presidente Manuel Isidoro Belzu viajaba a caballo. Cerca de la comunidad de Pasto Grande, 30 kilómetros al norte de la ciudad de Oruro, vio que en el cielo un gran arcoíris rompía las monotonías cromáticas del invierno andino. Se le ocurrió entonces, quizá porque no tenía otra cosa en qué pensar, que Bolivia podía adoptar una bandera hecha de tres franjas horizontales de los colores dominantes del arcoíris que acababa de deslumbrarlo: rojo, amarillo y verde.

 

  1. La tricolor inventada por Belzu 26 años después de la Independencia era por lo menos la cuarta bandera nacional que adoptábamos, en una azarosa sucesión de pendones que respondía a los impulsos de la medianía estatal y su previsible deriva estética (que usted puede comprobar poniendo lado a lado imágenes de las tres o más banderas anteriores, todas más bonitas). Es difícil no dejarse tentar por la idea de que, si solo Belzu hubiera sido más fiel a los detalles de su epifanía, tal vez hoy tendríamos una bandera nacional de por lo menos 6 o 7 de los colores del arcoíris. Y celebraríamos el orgullo LGBT y el boliviano al mismo tiempo, ventaja envidiable en la economía general de las celebraciones.

 

  1. Aunque sí hay una bandera en Bolivia con más colores del arcoíris: la wiphala. En su versión oficial moderna, es un cuadrado de 49 cuadros (siete por siete) y siete colores ordenados en diagonal. Además del rojo, amarillo y verde de la tricolor, la wiphala incluye el blanco, el azul, el violeta y el naranja.

 

  1. El intelectual indianista Germán Choquehuanca, una de las voces oficiales en estos asuntos de Estado, resumió en un libro del 2009 los sentidos que, en su opinión, teníamos que atribuirle a la wiphala: no solo insistió en que es el emblema autóctono y prehispánico de los pueblos originarios, sino que su combinación de colores y números manifiesta un (oculto) conocimiento andino ancestral. Puede que este ejercicio en la asignación de sentidos suene como al borde de uno de esos ataques de esoterismo light y new age que caracterizan tantas expresiones protocolares del pachamamismo, pero parece una mitificación por lo menos más llevadera que las gruesas simbologías sobre la tricolor que aprendimos en la escuela. Esto es lo que nos dicen los colores de la tricolor: que el destino nacional se inclina al martirio sangriento en la política (“el rojo representa la sangre derramada por nuestros héroes”) y al extractivismo primario en la economía (“el amarillo y el verde son las riquezas del subsuelo y suelo, respectivamente”). Morir por los recursos naturales: esa nuestra vocación.

 

  1. En Banderas de lucha, banderas de culto: Las wiphalas del rey (Plural editores, 2020; 172 páginas, con 27 imágenes), el etnohistoriador Vincent Nicolas, aunque la menciona, no se ocupa de reconstruir la historia corta de la wiphala: su libro no es el relato de esa progresiva adopción o apoteosis oficial, a partir de los años 90 y más allá de grupos indianistas y kataristas, de la bandera que Evo Morales caracterizaba entonces como una “moda”. El texto de Nicolas, más bien, es un ensayo que se concentra en la historia larga de las wiphalas y que, al hacerlo, va armando hipótesis o propuestas sobre su origen, evolución y usos.

 

  1. Son varias las ideas generales que Nicolas desarrolla en su libro. Por ejemplo: a) que la wiphala, hasta su reciente estandarización paraestatal, fue siempre en realidad las wiphalas: muchas banderas, de gran diversidad en diseños y colores (en Bolivia, cada ayllu era una patria con wiphala propia); b) que su origen no es ni prehispánico ni exactamente autóctono, sino parte de una rica historia colonial que va transformando materias primas hispano-imperiales (wiphala viene de wiphay y wiphay de “viva”, es decir, de las “vivas al rey”); c) que sus empleos y sentidos han ido cambiando.

 

  1. El punto de partida de la historia es este: “El origen de las wiphalas debe encontrarse en el estandarte real y en las vivas al rey, rituales de gran trascendencia en la época colonial y de tremenda eficacia en una población mayormente iletrada” (trascendencia ya descrita por Gabriel René-Moreno en Últimos días coloniales; o, antes, por Bartolomé Arzáns, en su Historia de Potosí). Esta (macro) historia es también la de la “herencia cultural del Imperio español, cuya huella es aún visible, de Bruselas a Betanzos, aun en las manifestaciones consideradas las más autóctonas”. Es decir, la historia trazada por Nicolas es al mismo tiempo minuciosamente local, la de una pequeña comunidad y parroquia en Betanzos en la que, aún hoy, podemos ver esas wiphalas flamear en la fiesta del Rosario, eslabones ignorados de una larga historia.

 

  1. Se lee el libro de Nicolas como si fuera un hipnótico thriller histórico-etnográfico o un policial identitario en torno a objetos a ratos misteriosos y a ratos perdidos (¿la wiphala en tanto halcón maltés?). Pero además de los encantos narrativos de su relato, que ya lo justifican, Nicolas describe o define al pasar algunas imágenes sobre su método que, al menos aquí, no suenan como otra repetición de los dogmas teóricos de la época. Esas ideas las podemos encontrar sin duda en otras partes, pero Nicolas consigue que las imaginemos descubrimientos de su propia búsqueda.

 

  1. Nicolas explica así, por ejemplo, su interés por las banderas andinas: “Hay objetos que insisten. Aparecen de cuando en cuando para despertar la curiosidad del investigador, pero tardan en captar su atención y adquirir el estatus de objetos de investigación. Este fue el caso, para mí, de las banderas que acompañan algunas fiestas patronales”. Esta idea de acumulación –lo que Nicolas llama la “insistencia” del objeto– deviene luego, en su texto, en la noción de objetos que, al centro de los rituales, son la consecuencia de la sedimentación de una serie de “capas de significación”, objetos “codificados cuyo código de interpretación, en gran medida, ha sido olvidado”. Las banderas en los Andes pertenecen a esa clase de objetos de los que “se sabe que están ahí para recordar algo pero no se sabe precisamente qué”.

 

  1. Suponer que muchas tradiciones son inventadas es un lugar común académico que ya nadie siquiera discute en las academias. Fuera de las academias, en cambio, la idea –en su formulación mediática escueta y desnuda– es a veces recibida por los afectados como un escándalo, acaso porque se considera que enturbia la claridad de los relatos político-culturales que nos encanta contarnos y contarles, haciendo aspavientos identitarios, a otros. Para Nicolas, las recientes explicaciones paraestatales de la wiphala –establecidas desde la ansiosa oposición entre lo propio y lo ajeno– no solo falsean o esconden la probable biografía mínima de las wiphalas sino que, relatos instrumentales al fin de cuentas, enmudecen generosas riquezas históricas e iconográficas. Estas densidades históricas –que Nicolas representa aquí como los estratos que se acumulan en algunos objetos– son densidades de siglos. Y no hay nada de ajeno en esos objetos.
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Mauricio Souza Crespo

Mauricio Souza Crespo. Es catedrático de la Carrera de Literatura de la UMSA. Por más de treinta años ha trabajado o colaborado en medios de prensa. Ha publicado dos libros (sobre poesía modernista en general y la obra de Ricardo Jaimes Freyre en particular), editado media docena y sus ensayos han aparecido en revistas especializadas de varios países. Ha sido Director Editorial de Plural editores. Sus últimas publicaciones están cerca de la edición: fue editor de la colección 15 Novelas Fundamentales del Ministerio de Culturas del Estado Plurinacional de Bolivia (2012), de la Obra completa de René Zavaleta Mercado (tres tomos: 2011-2015), de los Ensayos escogidos de Luis H. Antezana (2011) y de Cine boliviano: Historia, directores, películas (2014).

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