El cine en la era del Center (y del Multicine, Cinemark, etc.)

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Hace unos doce años desembarcó el Center en Bolivia como la primera Multisala, y con ello, de manera lenta e indirecta (como la mayor parte de las cosas que ocurren en el país) se fue introduciendo entre nosotros el concepto del “Mall”, que ya se había hecho parte de la cultura universal.

Adiós plazas y paseos

En la ciudad contemporánea, la inseguridad ha acabado, o por lo menos ha reducido notablemente el espacio de encuentro social abierto y seguro, que antes era monopolio de las plazas o “paseos” (tipo Prado de La Paz o plazuela Sucre de Tarija).

Se va imponiendo entonces (en algunas ciudades ya lo ha hecho completamente) el centro comercial de paredes cerradas, donde el visitante puede encontrar una ventana a la modernidad, esa que en nuestras vidas cotidianas solo logramos divisar con la intermediación de la propia pantalla grande, la chica o ahora el Internet.

Ir a ver una película a una multisala es un lujo (300 Bs para una familia vs. los cinco que cuesta comprarla en el puesto de piratas), pero vale la pena porque el ambiente del “mall” significa la materialización del glamour de la globalización, ese que es inalcanzable en el resto de las ámbitos a los que tenemos acceso.

Los 300 bolivianos llegan a valer la pena porque en definitiva el cine no llega a ser más que un complemento de un mundo algo más amplio, compuesto por elementos que en sí mismos significan una ruptura radical con la estética de los ambientes en los que nos movemos cotidianamente: las escaleras mecánicas, los patios de comidas, los restaurantes de “lujo”, las salas inmensas de videojuegos, los escaparates brillantes, etc., etc. forman un todo, que al parecer justifica esa inversión para la mayor parte del público.

La inseguridad y la despersonalización de las ciudades obliga a las personas a buscar nuevos espacios de reunión y, a su vez, esos espacios los atraen impregnándolos de la más pura cultura del consumo. En este nuevo panorama, realmente queda claro que las nociones de “socializar” (hacer amistad, enamorar, etc.) y “gastar”, se han unido como nunca antes. Algunos dirán que no se está descubriendo la pólvora, que se trata de un fenómeno harto conocido en el mundo; es verdad, pero creo que en Bolivia, merced a nuestro rezago, recién estamos comenzando a sentirlo en toda su dimensión.

Adiós a los viejos cines

Y en el caso específico del cine, la multisala ha brindado el soporte físico para que el instrumento por excelencia del cine globalizado, el “blockbuster”, pueda ser rentable e inundar todos los rincones del mundo. La película de alto costo y promocionada intensamente, pensada para llegar al más amplio segmento de público posible, ha copado el mercado. Dicho producto que en la etapa anterior se reservaba solo para la temporada “alta” del norte (fin de año y vacaciones de verano) hoy transita por el conjunto de la agenda cinematográfica anual y de esa manera tiende a expulsar de las salas comerciales a todas las películas que no se ajustan al formato, no importa si son nacionales, extranjeras o inclusive norteamericanas tradicionales. Solo el subgénero de las películas de “terror” ha podido conservar un espacio significativo en este nuevo panorama.

Es interesante la contradicción que se da con la tecnología en la era de la globalización: a la vez que abre determinados canales que podrían suponer la democratización de la imagen (tecnologías baratas de alta calidad, aumento de número de salas, instrumentos para el copiado rápido de imagen), crea mecanismos de mercado que la restringen notablemente.

En el caso del cine boliviano, la apertura de las multisalas ha supuesto la posibilidad de que los productores nacionales (aquellos que se centran en la ficción)  puedan recuperar algo de su inversión con dinero fresco (en el periodo anterior eso era cada vez más difícil e inclusive hubo casos en que algunos tuvieron que “reabrir” o “improvisar” cines para que sus películas llegaran a la gente), pero al mismo tiempo les ha supuesto entrar en una ecuación de “marketing” y mercadeo que les es muy difícil de resolver.

Un productor local para que su cinta tenga algo de rédito económico, tiene que pelear en el fin de semana de estreno contra el “mercadeo global”. Contra una maquinaria (pensemos en un “Harry Potter” o en un “Batman V”) que hace promoción sistemática por todas las vías posibles (Internet, cable, prensa) dos o tres años antes del estreno.

El cine boliviano, entonces, ha ganado cierta libertad para el estreno, pero tiende a perderla en cuanto a capacidad de llegada real al público. En esas condiciones, queda claro que también es necesario explorar todas las otras formas de distribución y comercialización posibles (Internet, video casero, proyecciones alternativas), aunque lamentablemente los mecanismos de retorno económico en ellas, todavía no se han desarrollado. Mal que mal, casi el único retorno en “efectivo” con el que puede contar el productor es el que viene de las multisalas.

Adiós a la (cuasi) protección estatal

Y sobre llovido mojado. Es una lástima que en estos años, que en Bolivia han sido los de una etapa política de fuerte contenido nacionalista y reivindicativo desde el punto cultural, no hayamos sido capaces de lograr mecanismos estatales de fomento que en países vecinos son usuales. A estas alturas resulta increíble que en los años 90, en pleno “neoliberalismo”, hubiésemos sido capaces de lograr un fondo estatal de apoyo al cine, y que ahora, cuando el proceso constituyente ya lleva por lo menos una quincena de años en desarrollo, hayamos fracasado en todos los nuevos intentos.

¿Podemos acusar al Estado de falta de interés y visión? Sí, seguro, pero también los productores nos hemos entrampado en las propias limitaciones y contradicciones de la institucionalidad del cine boliviano.

No solo se trata del soporte financiero (que tal como demuestran todas las experiencias de nuestros pares es imprescindible), sino de un conjunto de medidas provenientes de una “visión” distinta del fenómeno del cine, que fácilmente podrían traducirse en medidas efectivas para el desarrollo de nuestra industria: normas que faciliten la exhibición y promoción en los medios de difusión masivos, en las propias multisalas de los “malls”, etc.

Vivimos en una época de fenómenos contradictorios. La fortaleza financiera del cine globalizado en estos tiempos (su capacidad de inversión), se ha traducido en una extrema debilidad en los contenidos (las películas que “tienen” que llegar a todos los públicos, no pueden ser muy complicadas). Eso abre una enorme oportunidad para todos los cines emergentes (oportunidad que a su manera está aprovechando la televisión comercial, por dar un ejemplo). Queda claro que dicho espacio no se aprovechará mientras no reaparezca la iniciativa de los protagonistas locales del hecho cinematográfico, especialmente de los productores; la que también por cierto también parece ser un pálido recuerdo, más que el de los viejos cines, el de la recreación en las plazas y el del exiguo apoyo estatal.

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Rodrigo Ayala Bluske
Rodrigo Ayala Bluske es cineasta y ensayista. De 1985 a la fecha ha colaborado en diversos medios de prensa como crítico de cine y columnista. Ha realizado más de una treintena de trabajos entre cortometrajes, seriales de televisión y largometrajes. Entre los principales se encuentran “Fuego Cruzado” (1995) serie de televisión y los largometrajes “Día de Boda” (2008), “Historias de Vino, Singani y Alcoba” (2009), “La Huerta” (2012) y “Tarija, Valle Central” (2012). Ha publicado ensayos e investigaciones sobre gobernabilidad, política y recursos naturales, entre los que se encuentran “Personajes Increíbles vistos por un Clasemediero en Crisis” (2005), “La Construcción del Nuevo Paisaje Político Tarijeño” (2011) en “Cuadernos de Futuro” (PNUD) y “Tarija: Escenario de las tres Batallas” (2012). Actualmente es director de Protección del Medio Ambiente Tarija.
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