Pasajeros, Una oportunidad desperdiciada

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“Pasajeros” de Morten Tyldum constituye  un ejemplo de manual, respecto al fracaso de una película debido a la disparidad existente entre sus intenciones temáticas y la propuesta estética con la que ha plasmado estas.

Hay cintas que en determinado momento reflejan  los cambios que se van produciendo en la sociedad y en el conocimiento que tiene esta respecto a si misma. Son películas poderosas, que de una manera u otra quedan en la consciencia colectiva. Uno de los ejemplos  es “Matrix” (1999) de los hermanos Wachoyski que describía a la humanidad como un programa de computación, justo en el momento en que las fronteras entre la realidad y lo virtual se hacían flexibles. Un año antes “The Truman Show” (1998) de Peter Weir reflejó la mediatización de la vida diaria y la ruptura de los límites entre lo  público y lo privado que en ese momento se evidenciaba a través del auge de los “reality shows” y otros instrumentos de la innovación comunicacional. En el 2014 “Interestelar” de Christopher Nolan describió de manera cruda  la complejidad del espacio – tiempo, y un año antes “Gravity” (2013) de Alfonso Cuarón nos había mostrado la “frialdad” del espacio. Esta última cinta constituye además un buen ejemplo acerca de la interacción virtuosa entre “idea” y “forma”. Con el uso de los silencios y los espacios a través del  3D, el realizador logro que “sintamos” la soledad del espacio sideral.

“Pasajeros” parte de una de las nociones más inquietantes que la ciencia ha ido revelando a la humanidad en las últimas décadas: la de la inmensidad del universo. Ya no se trata solamente de las enormes distancias, difíciles de comprender para una mente normal, sino del   “Multiverso”. De una manera u otra se puede decir que el tema del “tamaño” y la complejidad de lo existente, está trastocando nuestro conocimiento de la realidad y por lo tanto de nuestro papel en ella. Y de esa manera también puede decirse que nunca la humanidad ha estado tan certera respecto a su insignificancia, lo que genera diversas sensaciones de angustia.

En “Pasajeros” una nave tardará 120 años en llevar a 5.000 colonos que se encuentran hibernando, a un nuevo planeta. Uno de ellos, Chris Pratt, despierta por error noventa años antes y tras un año de lidiar con su terrible aislamiento, decide despertar a una bella pasajera, Jennifer Lawrence, para que le haga compañía. El acto equivale a un asesinato, ya que en realidad está ocasionando que la elegida muera antes de llegar al destino que ha elegido.

De esa manera “Pasajeros” nos planteaba de inicio un escenario temático de alta complejidad. Sobre la base de la soledad y el aislamiento, venían el crimen y la culpa, y de acuerdo a la opción de guionistas y realizador, el castigo y/o la redención.

Pero también de inicio, la construcción estética que Tyldun ofrece, nos hace comprender que nunca estuvo en sus intenciones desarrollar a fondo la problemática planteada. La historia se desenvuelve en un ambiente copado por un glamour estándar, de ese que se vende en las agencias de viaje a los clasemedieros de alto ingreso.  De manera inexplicable, los cinco mil pasajeros que dormirán 120 años,  han sido embarcados en esta suerte de  crucero espacial, sin posibilidades de aprovechar los lujosos restaurants, ni los simpáticos bares, de los que sí, “accidentalmente”, hace uso la pareja protagónica.

Se ha creado un ambiente para la floja comedia romántica que a partir del segundo tercio de la película substituye al drama prometido al principio. Todo el peso de la película se apoya entonces en la popularidad de los actores, y para avanzar  guionista y director recurren a diversas trampas argumentales (como la de la rápida aparición y “desaparición” del capitán, que ayuda a explicar la reconciliación, pero que de haber permanecido vivo, habría imposibilitado el final azucarado).

El “delito” de “Pasajeros” es el de no haber sido fiel a sí misma. Es absurdo juzgar a una película por aquello que no ha querido mostrar, pero en este caso la cinta prometió algo muy distinto a lo que nos termina dando.

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Rodrigo Ayala Bluske
Rodrigo Ayala Bluske es cineasta y ensayista. De 1985 a la fecha ha colaborado en diversos medios de prensa como crítico de cine y columnista. Ha realizado más de una treintena de trabajos entre cortometrajes, seriales de televisión y largometrajes. Entre los principales se encuentran “Fuego Cruzado” (1995) serie de televisión y los largometrajes “Día de Boda” (2008), “Historias de Vino, Singani y Alcoba” (2009), “La Huerta” (2012) y “Tarija, Valle Central” (2012). Ha publicado ensayos e investigaciones sobre gobernabilidad, política y recursos naturales, entre los que se encuentran “Personajes Increíbles vistos por un Clasemediero en Crisis” (2005), “La Construcción del Nuevo Paisaje Político Tarijeño” (2011) en “Cuadernos de Futuro” (PNUD) y “Tarija: Escenario de las tres Batallas” (2012). Actualmente es director de Protección del Medio Ambiente Tarija.
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