Réquiem bibliográfico por Rafael Puente
Hace poco murió un personaje boliviano que fue muchas cosas y que por eso resulta difícil definir con una sola palabra, pero que si de todas maneras habría que hacerlo tendríamos que llamar “pedagogo”.
El pedagogo Rafael Puente además fue jesuita, expulsado de su orden (1980) por profesar la Teología de la Liberación, luego político guevarista que no armó una guerrilla, coqueteó con la posibilidad de hacerlo y finalmente intentó el camino democrático. En el exilio garciamezista se volvió de la Unidad Democrática Popular; ya en el país creó el Bloque Patriótico Popular (BPP), que formó parte de Izquierda Unida, y, finalmente, fue miembro del Movimiento al Socialismo, aunque en los últimos años se distanciara de este partido.
En todas estas posiciones y también en su vida laboral adoptó la actitud del maestro, es decir, del que empuja a los otros, en particular a los más “pequeños” (jóvenes, pobres), a tomar conciencia de su realidad. Resulta fácil reconocer en esto la impronta jesuítica.
Que impulsara a algunos jóvenes por la senda del foquismo guevarista fue uno de los aspectos controvertidos de su vida, aunque el grupo Comisión Néstor Paz Zamora, que en 1990 secuestró al empresario Jorge Lonsdale y terminó masacrado por la Policía, se constituyó como una ruptura del BPP en oposición a la deriva “democratizante” de Puente en ese momento.
Uno de los aspectos de su “carisma” (que es como los curas llaman a la vocación) fue la escritura, que no se le daba mal. Dejó varios libros, entre ellos dos importantes que son el motivo de este comentario.
El primero se llama “De Nazaret a Ñancahuazú” (MEC Editor, 1985). Este título ha confundido a algunos que se saltaron la lectura de la obra. Han dicho, entonces, que esta servía poco menos que para convertir a los cristianos en guerrilleros (Archondo y Mendieta, 2023), lo que es exagerado. En realidad se trata de un libro de teología, uno de los pocos debidos a un boliviano. Lleva por subtítulo: “Una interpretación materialista del Evangelio”.
En él Puente hace varios planteamientos radicales, tomados de otros teólogos de la liberación de los años 60 y 70. Primero, que toda religión es una falsa conciencia, como decía Marx de las ideologías en general. El ser humano inventa a Dios para encontrar consuelo y dotarse de un sentido vital. La religión es “el lamento de la criatura asustada”.
Dos, que el cristianismo no nace como una religión, sino como un movimiento en el que Dios se torna humano. Todas las otras creencias buscan la trascendencia. Solo el cristianismo persigue la inmanencia. Sin embargo, a partir de Constantino, esto no ha sido comprendido por su Iglesia, que considera y administra al cristianismo como otra religión más.
Esto me recuerda que Umberto Eco decía que los creyentes tienden a pensar que todas las divinidades, excepto una, son personajes ficticios.
La Iglesia, entonces, es idealista (en el sentido filosófico de la palabra: trabaja sobre la trascendencia), en tanto que el Evangelio es “materialista”. Cristo inauguró un movimiento hacia lo profundamente humano, que es lo “social (ista)”. Predicó la igualdad y se rebeló contra quienes usaban la religión, el deseo de las masas de una vida y un sentido superiores, para hacer negocios o para asegurarse de que las jerarquías se mantuvieran en sus puestos privilegiados por los siglos de los siglos.
Del materialismo de Cristo –que se expresó de forma terminante en su exigencia al rico devoto que quería ser su discípulo: “primero reparte tus bienes”– se sigue el marxismo como materialismo contemporáneo. Marx nos ha enseñado que lo ideológico es superestructural y está determinado por la base de las relaciones de producción. No habrá justicia, ni caridad, ni solidaridad en el nivel superestructural sin un cambio en la estructura que lo determina. Puente invita a realizar esta revolución y acabar con la sociedad de clases.
Para él, entonces, la lucha no se da entre creyentes y no creyentes, como puede opinar el marxismo dogmático, sino entre revolucionarios u “hombres” (que incluyen a algunos cristianos) y reaccionarios o “no hombres” (ídem).
Como se ve, Puente fue un exponente tardío de la radicalización izquierdista del cristianismo latinoamericano de los años 60 y 70, que está en el origen de las guerrillas de estas décadas.
Respecto a la cuestión tan candente para esta corriente de “perder la vida por los demás”, el autor de “De Nazaret a Ñancahuazú” pide tener cuidado a este respecto. Entregar la vida no está descartado, pero esta acción solo tendría valor si sirviera efectivamente a los otros. ¿Cómo saber cuándo y cómo? El autor recomienda estudiar la realidad, profundizar el conocimiento marxista de las contradicciones y de las vías existentes para resolverlas. “Estar atento a las señales de los tiempos (Mateo 16, 1-3)”.
Preconiza la rebeldía violenta contra el sistema explotador, pero acepta “que un creyente milite en el partido revolucionario que mejor responda a su análisis político (no así un partido conservador o fascista)” (pág. 77).
Décadas después de dar a conocer este texto, en 2010, y después de publicar varios otros libros de tema pedagógico, Puente, a la sazón director de la Escuela Nacional de Formación Política del MAS, presentó “Recuperando la memoria. Una historia crítica de Bolivia” (Lalibre, 2018), que es un buen resumen didáctico, desde la perspectiva de la izquierda descolonizadora, de la historia nacional.
Sobre todo interesa su primer capítulo, intitulado “El destino de Bolivia”, que es el más desarrollado. Sostiene que el país nació sobre el territorio vertebrado económicamente, cohesionado políticamente y administrado en conjunto por la corona española en torno a la riqueza minera de Potosí y Oruro. Es, por lo tanto, Bolivia, un resultado del extractivismo. Tal fue su origen que luego ha sido también su destino.
La obra plantea la siguiente periodización de nuestra historia: Transición a la República (1825-1856); Estado oligárquico conservador (1856-1890); Transición al liberalismo (1890-1899); Estado oligárquico liberal (1900-1935); Transición al nacionalismo (1936-1952); Estado nacionalista dependiente (1952-1978); Transición al neoliberalismo (1978-1985); Estado oligárquico neoliberal (1985-1999); Transición a… (2000-…).
Este esquema es interesante por la inclusión de las “transiciones”, aunque, por supuesto, caracterizar el periodo del MAS como una transición ya no se sostiene a esta altura. Tendría que llamarse “Segundo Estado nacionalista dependiente”. Puente no corrigió este detalle ni ningún otro elemento del libro, que se ha publicado varias veces.
Rafael Puente murió en Santa Cruz el 12 de agosto de 2025, a los 85 años.