Casi diez apuntes sobre el Óscar en tiempos de Trump

  1. Una sensación como de desastre, de duelo político, de derrota sin fin consume hoy a la industria cultural estadounidense. David Remnick, de la revista The New Yorker, tituló su nota sobre la asunción de Trump con esta clara economía: «Tragedia americana». E interrogada acerca de su reciente (gran) pérdida de peso, la realizadora y protagonista de la serie televisiva «Girls», Lena Dunham, explicó así su dieta: “Donald Trump fue elegido presidente y yo ya no pude comer. Todos me preguntan qué hecho para perder tanto peso. Y les respondo que si someten a un dolor que les aplaste el alma, que los empuje a la devastación y desesperanza, también van a perder peso».

 

  1. Hay también un consenso sobre algunos discretos beneficios derivados de esta «tragedia americana». Dicen que estos serán años de un recuperado activismo callejero, no visto desde fines de los años sesenta. Y que el periodismo tendrá la oportunidad de ejercer otra vez su vocación frente a las realidades paralelas, contrafactuales, en las que prospera el populismo. Y que los comediantes florecerán, pues: ¿podría inventarse un presidente más risible y aterrador que Trump, payaso siniestro salido de la televisión chatarra?

 

  1. El domingo 26, en dos semanas, las ceremonia de entrega de los Óscares expondrá en un escenario mundial el malestar estadounidense. No es difícil hacer pronósticos. Por ejemplo, que buena parte de los chistes serán sobre Trump. Y que algunos de los premiados aprovecharán la ocasión para hacer activismo. Y que el cine pasará a segundo plano.

 

  1. La de Estados Unidos es hoy una cultura en la que incluso son polémicos los lugares comunes de su hagiografía de excepciones. La más grande productora de cerveza del mundo, con sede en Saint Louis, celebró este año en un spot, por enésima vez, el «sueño americano» de su fundador, un inmigrante alemán. La respuesta fue el inicio de una campaña de trumpistas que llama al boicot de la marca (Budweiser). Su lema: «No necesitamos su cerveza ni sus opiniones ni sus inmigrantes ilegales».

 

  1. La Academia que entrega los Óscares no es un modelo de diversidad. Sus pocos más de 6.000 miembros son en un 94% blancos, en 76% hombres, con un promedio de edad de 63 años. Un club de anglosajones ricos y viejos. Ni los campos de golf que Trump tiene en todo el mundo son tan exclusivos.

 

  1. Trump salió de esa industria, la del espectáculo. Es un Tinelli global. Y Hollywood no lo olvida. Ya el año pasado y en otro premio (los Emmys televisivos), el que será el anfitrión del Óscar 2017, el suave Jimmy Kimmel, señaló entre el público a Mark Burnett, productor de «El aprendiz», la serie que hizo de Trump una megaestrella: «Gracias a Burnett –dijo– ya no sólo vemos sino que vivimos en un reality. Y si Trump construye su muro, la primera persona que lanzaremos al otro lado será al señor Burnett». También para Hollywood ser lanzado a Latinoamérica es un castigo.

 

  1. Hollywood es un gremio recatadamente liberal. Lo suyo es la repetición del catecismo básico del plurimulticulturalismo sentimental: hay que ser respetuosos, tolerantes, receptivos, abiertos al mundo, híbridos. Pero ese discurso tiene escasas repercusiones prácticas, incluso en lo que les compete: las nominadas al Oscar a la mejor película extranjera son escogidas, a diferencia del resto de categorías, por un pequeño comité de especialistas. En Estados Unidos, menos de un 2% de la taquilla anual corresponde a películas con subtítulos (y no se dobla casi nada).

 

  1. El liberalismo hollywoodense tiene excepciones famosas: Clint Eastwood, Mel Gibson, dos de los nominados este año. El primero, indirectamente, por el sonido de «Sully»; el segundo en cinco categorías, incluyendo mejor película y mejor director, por «Hacksaw Ridge». Eastwood, a propósito de Trump (por el que votó), ha declarado hace poco: «Esta generación de maricas debería ya dejar de molestar repitiendo aquello del racismo de Trump».

 

  1. Dicen los pronósticos que la gran ganadora será la película «La La Land», melancólico musical, resurrección ansiosa y reflexiva de un género que, como el béisbol o el mismo Trump, pocos fuera de Estados Unidos encuentran comprensible. Otro gusto adquirido de la más provinciana y global de las culturas, la norteamericana.

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