Elogio y manual de streaming

  1. En los consumos culturales, hay siempre fundamentalistas. Es decir, los que creen que leer una novela en traducción es una forma desafortunada o involuntaria de no leerla; que las pinturas que nosotros conocimos en cromos son un triste sucedáneo del aura de los originales que ellos experimentaron en museos; que la música fracasa sin remedio en malos parlantes o en el celular; que el tuco se arruina si el aceite no es extra virgen. En el cine, un arte expuesto a los azotes del entusiasmo tecnológico como pocos, los fundamentalismos son parte de su historia misma: hubo los que se sublevaron contra el cine parlante y los que despreciaron el color; hoy, sus herederos intuyen que el cine digital es un caballo de Troya, el doblaje una abominación y el 3D una tontería.

 

  1. Ninguno de los artículos en la fe cinéfila fundamentalista es tan importante como este: el cine tenemos que verlo proyectado en una pantalla grande, en una sala, rodeados de extraños, en completa oscuridad. Pero como corresponde a la suerte de los mandamientos, este ya casi nunca se puede cumplir, así sea porque gran parte del cine que se proyecta así no nos interesa o porque casi todo lo que nos interesa los vemos por otros medios. En estos días de la peste, esos “otros medios” son lo único que hay.

 

  1. Que el encierro sea pues un motivo para explorar el cine por otros medios. El streaming, por ejemplo, esa “transmisión continua” de material audiovisual por internet. Ya el nombre es hermoso: viene de la palabra stream, que es corriente, arroyo, riachuelo. Convertida en streaming, la noción adquiere las virtudes de la ética protestante: ya no el agua en movimiento encontrada en el mundo, sino el acto deliberado de hacerla correr, de controlarla. En suma: el streaming nos promete, como un grifo, la posibilidad de escoger lo que queramos tomar y tomarlo cuando decidamos hacerlo, al ritmo que se nos antoje.

 

  1. Así como en Bolivia ir al cine es más caro que en la mayoría de los países vecinos, el acceso a internet es también un asalto cotidiano y silencioso: el GB de “datos móviles” cuesta en Chile 13 Bs., aquí la friolera de 56 Bs. O sea: nuestro acceso a contenidos audiovisuales por medio del streaming es igual que el resto: desigual y difícil. (La por ahora imposibilidad –en colegios, en universidades– de proceder a virtualizar el año académico en Bolivia tiene su explicación en este mismo hecho: lo mucho que nos cuesta estar conectados).

 

  1. Pero con las salvedades del caso, es el streaming el que nos ha salvado en estos días sedentarios de tener que ver televisión boliviana (y sus enlatados de fecha caduca, sus programas de concursos grotescos, sus revistas matinales obstinadas en provocar la vergüenza ajena, sus noticieros de minuciosa mediocridad amateur). Lo que sigue es una rápida guía o manual de streaming para los interesados en apaciguar con él, quizá de mejor manera, la ansiedad.

 

  1. La oferta de contenidos que el streaming hace posible es inmensa, así que tal vez sea útil comenzar con las categorías que organizan esa inmensidad. A saber: hay streaming pagado y hay streaming gratuito, hay streaming a la carta (lo que llaman “on demand”) y streaming en vivo.

 

  1. El streaming gratuito es suficiente para distraer dos cuarentenas. Las opciones obvias y generales son sitios como Tubitv (https://tubitv.com), que es un servicio “a la carta” con un repertorio prodigiosa de cine clásico y programas de televisión norteamericanos, además de una sección de cine y tv en castellano; o como Pluto Tv (https://pluto.tv), que es un servicio de cable gratuito y en vivo (con canales de cine buenos). Pero si se trata de explorar recursos dirigidos a satisfacer una inclinación particular, la lista de opciones gratuitas es casi infinita. Menciono una categoría que –tengo la impresión– se aprovecha poco: las filmotecas virtuales. La Filmoteca de la UNAM de México (www.filmoteca.unam.mx), por ejemplo, ofrece ahora mismo su ciclo de “Cine en línea” (que incluye una versión restaurada de la estupenda película La otra [1946] de Roberto Gavaldón, con guion de José Revueltas y protagonizada por Dolores del Río). O el sitio de difusión del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina (https://play.cine.ar), con casi 200 largometrajes, 70 series y más de 300 cortos. O Retina Latina (www.retinalatina.org), donde se pueden ver casi 200 películas (de Bolivia, Colombia, México, Perú y Uruguay). O Boliviacine (www.boliviacine.com), con un poco menos de 50 películas. O el Korean Film Archive, que ha restaurado para el streaming 100 clásicos del cine coreano (con subtítulos en inglés). O el National Film Archive of Japan, con un catálogo de clásicos del cine animado japonés desde 1917.

 

  1. En el streaming pagado hay mucho más que Netflix (55 Bs. al mes) y Amazon Prime Video (22 Bs. al mes). Pero mucho de eso que hay no viaja bien y es por eso que no tenemos acceso, desde Bolivia, a los servicios que han decidido no comprar derechos de distribución en Sudamérica (Popcornflix, Crackle de Sony, Vudu), o que demandan la compra de aparatos especiales (Roku) o que requieren una afiliación institucional (a las excelentes plataformas Kanopy y Hoopla solo se accede a través de una biblioteca). De lo pagado que sí podemos ver en Bolivia, lo más destacado es Mubi (www.mubi.com): una especie de cinemateca virtual con 30 películas escogidas (de todo el mundo), ciclos dedicados a tendencias del cine arte, a géneros y a nacionalidades, a revisiones completas de la filmografía de un director. Cada día se añade una película y se retira una. No cuesta mucho (50 Bs. al mes) y, de yapa, Mubi publica Notebook, una de las mejores revistas de cine en lengua inglesa (que se actualiza todos los días!).

 

  1. Otra gran opción es esta: abandonar la noción del streaming como mera plataforma, por defecto, de distribución del cine y asumir lo que también es: uno de los avatares del archivo, acaso su apoteosis. En ello, sitios como el Internet Archive (que tiene, además de 20 millones de libros, 4 millones de videos) y Youtube (esa subsidiaria del infinito que administra Google) permiten otras formas del consumo audiovisual. Por ejemplo: buscar las múltiples versiones de “Viva mi patria Bolivia” (búsqueda que conduce inevitablemente al video de Joan Baez cantándola, en su castellano medio chuto, en la cárcel Sing Sing); o ver todas las entrevistas televisivas a Jorge Luis Borges (desde la de Antonio Carrizo a la de William F. Buckley); o reunir viejos documentales sobre la Guerra del Chaco (en los que Bolivia, casi invariablemente, es la nación agresora que abusa del humilde Paraguay); o volver, esta vez en una copia perfecta, a la película La vertiente (1959) de Jorge Ruiz, con su romance de camba serenatero y collinga renegona.

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