La Pérdida del Cine

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Como saben los pocos lectores de esta columna, me gusta ver cine en las salas cinematográficas, siguiendo una costumbre con materialidad (es decir, no virtual) y, en esa medida, con “aura”. Walter Benjamin creía que el “aura”, es decir, la huella de una experiencia única e irrepetible, “eterna”, solo emerge de la obra de arte auténtica y original, y en cambio se pierde en su reproducción fotográfica.

El cine no sería, definitivamente, un lugar donde buscarla. Pero el acto de ver cine es, sin duda, otra cosa que el cine mismo. En mi experiencia, puede llegar a ser un rito, en el sentido fuerte de esta palabra. Esto significa: un medio de re-ligarme a los otros y de sentir, otra vez, una alegría primigenia por el acontecimiento (o, más propiamente, por su anticipación); alegría que la repetición podría haber desgastado hasta hacer desaparecer por completo, pero no… Para mí, ir al cine tiene aura. O, dicho más llanamente, vale la pena, tiene sentido, aunque la película que vaya a ver sea mediocre. Incluso puedo reconocer una película muy mala cuando la que he visto ha sido capaz de disipar el placer ritual que entrañaba mi “salida al cine”.

La diferencia con el visionado de películas por televisión o, como se dice ahora, por “streaming” es, para mí, justamente, esta: Netflix representa, para el cine, la fase de su frenética reproducción técnica; es el cine virtual, sin materialidad.

Siento angustia al pensar que esta forma de encuentro con la imagen en movimiento será la única posible para todos nosotros por ¿cuánto tiempo? No lo sé, nadie lo sabe, seguramente por mucho más. Si fuese para siempre, creo que dejaría de escribir estas columnas. Sí, seguramente las suspendería. No tiene interés para mí comentar películas de las que solo tengo un “recuerdo audiovisual”, por decirlo así, y no están vinculadas a la experiencia de haber ido a verlas (a veces solo, con o sin pipocas; a veces con mi esposa; a veces con mis hijos…) En tal caso se mezclan en mi mente sin fijarse nítidamente en ella.

Sé que estos días he visto –en Netflix o en el cable– “Safe”, intrigante; “Bodyguard”, entretenida; “La Treve”, adocenada (la deje a medias); “After life”, con Ricky Gervais, la mejor de las mencionadas, humor negro del bueno; luego, una película basada en las divertidas novelas de Nick Hornby que no había visto, “Amor de vinilo”. Ah, sé también que quise ver la miniserie “Alias Grace”, pero no pude porque tuve miedo de arruinar la lectura del libro de Margaret Atwood en el que está basada. (Ir a las librerías, otra actividad con aura que se pierde en el mundo del coronavirus; aunque seguramente no encontraría ese libro en La Paz).

Sé todo esto y parece mucho, pero es que me he puesto a pensar en ello, para escribirlo. De lo contrario, creo que la mayoría de estas imágenes se hubieran incorporado a un flujo de pensamiento indistinto y rápidamente descartado.

Odié “El Hoyo”, artificioso, falsamente inteligente. “Freud” es efectista y algo demente, entretenida solo hasta la mitad. Nunca he seguido “La Casa de Papel”, en general no tengo paciencia para las series largas, que encuentro tienden a “estirar” la intriga para mantener al público enganchado y terminan diluyéndola. Ni siquiera vi  “Game of Thrones”, con eso les digo todo. Prefiero los sit.com, un grupo de personajes que protagoniza historias que comienzan y concluyen en un mismo episodio. Algunos sit.com tienen aura para mí. Pienso en “Cheers”, que no está en Netflix; en “Friends”, que sí lo está, y en “The Big Bang Theory”. Puedo recordarme a mí mismo viéndolas en el pasado, mayormente con mi madre, que amaba la televisión por cable y que seguramente hubiera idolatrado a Netflix si hubiera vivido lo suficiente para conocerla.

El otro día, harto de no encontrar qué ver, recalé en un programa de Home Tv o algo así, que mostraba a un grupo de nuevos ricos norteamericanos que habían gastado hasta ocho millones de dólares en sus… piscinas. Me da vergüenza decirlo, pero vi el programa completo. Y es que, claro, lo que más deseo ahora es sol a raudales y darme un chapuzón… Tal vez también vea programas deportivos, quién sabe. Podría ser interesante. Ya se los contaré la próxima, si seguimos saludables. Y así lo espero de todo corazón.

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Fernando Molina
Fernando Molina. Periodista y escritor boliviano. En 2012, ganó el premio Rey de España de periodismo iberoamericano. Es colaborador de varias publicaciones bolivianas e internacionales, entre ellas El País de España. Fue director de los semanarios Nueva Economía y Pulso, y subdirector del diario La Prensa. Ha publicado numerosos artículos en medios escritos y digitales de su país y de Santiago de Chile, Madrid y México. Autor de libros de ensayos, biografías, historia intelectual y contemporánea, es uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Bolivia.
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