“Gracepoint”

El policial, este género de producciones que recrean las disfunciones de la sociedad y su represión por parte de los aparatos coercitivos representados por la figura del “detective”, ha evolucionado, en una de sus varias líneas temáticas, de los enigmas que tienden hacia el paradigma del crimen en la “habitación cerrada” que inauguró Allan Poe con “Los crímenes de la calle Morgue”, y que involucran a un pequeño grupo de personas atoradas por alguna razón en un hotel, un tren o un crucero (“Asesinato en el Orient Express”, por ejemplo), a los enigmas que, manteniendo los rasgos originales, se desarrollan en un pequeño pueblo, preferentemente frío y neblinoso, situado en algún paraje norteño de gran belleza natural.
Estas locaciones y el número acotado de protagonistas permiten poner en práctica el mecanismo principal de suspenso, que es la posibilidad de conocer a todos los posibles culpables del crimen y sospechar de uno y de otro, alternativamente, hasta que finalmente uno, el menos pensado, se descubre como el asesino.
“Gracepoint” es un ejemplo representativo de este subgénero que podríamos llamar “criminal comunitario”. Seguramente existe un nombre técnico correcto, pero lo desconozco. Esta miniserie de diez capítulos usa todos los recursos habituales para mantener el interés de los espectadores. No contiene nada especialmente bueno, pero se deja ver con cierta aprensión, la suficiente como para retomar cada noche su visionado hasta llegar al último capítulo y al giro final, que uno no se había visto venir porque, claro, cierta información crucial había sido sustraída de sus ojos hasta el final. Nada de lo que quejarse; son convenciones inescapables.
El aspecto clave de cualquier policial es el detective; constituye el elemento diferenciador. Los crímenes y las investigaciones son estructuras más o menos repetitivas, una articulación entre pruebas físicas (cadáveres, huellas, etc.), medios para obtenerlas (autopsias, estudios), testimonios (interrogatorios de testigos) y, finalmente, interpretaciones detectivescas, las cuales deben lograr responder a tres preguntas: el cómo, el porqué y, finalmente, con redoble de tambores, el quién. Esto es, quién, teniendo el adecuado porqué, calza perfectamente con el cómo previamente determinado. No es posible salirse de estas líneas. Un policial siempre parte de la confianza, si se quiere ingenua, en que el conocimiento del mundo coincide con el mundo en sí mismo. En cambio, los detectives, sus modos de ser y sus relaciones con el entorno, pueden variar de manera casi infinita; constituyen el lado más subjetivo, más artístico, si se quiere, de cualquier policial.
En el caso de “Gracepoint”, los detectives son dos: el primero, un foráneo que llega al pueblo en busca de redención de un fracaso previo y que tiene una personalidad muy curiosa: es un tipo insufrible, torpe, frío y autoritario y, al mismo tiempo y de manera indisoluble de lo anterior, un hombre que despierta ternura, compasión y buenos sentimientos. Se trata de una personalidad tan singular como la apariencia del actor que lo representa, el escoses David Tennant, que muchos reconocerán por su papel breve pero memorable en “Harry Potter y el cáliz de fuego”, donde interpretó a Barty Crouch Jr., el hijo malvado y parricida del Ministro de la Magia. El segundo detective es una clásica policía “local”, que conoce a todos los habitantes del pueblo y se debate entre la compasión por ellos y la necesidad de encontrar al responsable del asesinato de David Solano, un niño de apenas 12 años, que apareció muerto en la playa del pueblo, desde donde se puede avistar a las ballenas viajando por el océano. La interpreta la famosa actriz de televisión Anna Gunn (“Breaking Bad”).
Dadas sus caracteres, las relación entre los dos detectives tenía que resultar curiosa y matizada, y así es. Además, se hace más y más entrañable conforme pasa el tiempo y nos enteramos de que el primero de ellos, Emmet Carver, se halla gravemente enfermo. La actuación de ambos artistas es de gran calidad. Y no desentona el resto del elenco, en el que se incluyen nombres famosos del cine (Michael Peña, como el padre del niño asesinado) y de la televisión (Virginia Kull, Josh Hamilton y Nick Nolte, entre otros).
Podría entrar en ciertas consideraciones sociológicas sobre la trama (que recae en manierismos machistas, como verá el espectador), pero prefiero abstenerme por motivos obvios. En los policiales, el entretenimiento depende completamente de la conveniente ignorancia del final. Y, simultáneamente, de la posibilidad de imaginar cualquier final. “Gracepoint” nos los muestra, una vez más.

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