FORMAS QUE YA NO CONTIENEN

Hace cinco décadas Graham Greene, en “Nuestro Hombre en La Habana”, pudo recrear el perfil de un solitario espía que poco a poco construía para consumo de sus jefes, un mundo basado en mentiras, medias verdades, suposiciones, prejuicios, rumores, etc. Greene según algunos de sus biógrafos  fue miembro del servicio secreto inglés, o sea que algo de conocimiento  sobre la materia tenía. Hoy merced al escandalete de Wikileaks, el universo de la diplomacia norteamericana ha quedado al descubierto y el conjunto de los seres humanos del planeta nos hemos enterado de la manera en que la potencia ve y maneja (o trata de manejar) los asuntos inherentes al orden mundial. Y es que estos tiempos  signados por el digital y la cibernética están muy lejos de los del escritor, en los que  con una  máquina de escribir, algún código imaginativo y un telégrafo la cosa se solucionaba.

En los últimos días articulistas y políticos, se han jalado los cabellos, preguntándose cómo es posible que esos documentos del Departamento de Estado  estuviesen vagando por determinado sistema informático, al alcance de varios millones de soldados  y de algún potente flash memory que llegó a manos del díscolo Assange. Lo que ocurre es que en forma brutal ha quedado claro que el secreto, en ese mundo en que diplomacia y espionaje se paseaban de la mano sigilosamente  por los pasillos del poder mundial, ya no es posible en esta época. En la aldea global atestada de gente  y tecnología, los “secretos de estado” y los” secretos” en general, serán cada vez menos posibles, y las formas en las que la política y diplomacia se manejaban tradicionalmente simplemente no podrán contener la emergencia de una clase media activa, con servicios tecnológicos cada vez más completos y al alcance de la mano.

Eso es lo que ocurre en otro terreno  con el   “Secreto Bancario”. ¿Cómo se puede justificar en un mundo en el que las transacciones financieras se hacen  en segundos, pero donde además corren ingentes cantidades de dinero emergentes del narcotráfico y otras actividades ilícitas? Si vivimos en una época en que la transparencia y la equidad se han vuelto parte medular de los discursos ¿cómo se puede justificar el que unas actividades, las referidas precisamente a las finanzas estén alejadas del escrutinio básico para conocer su legitimidad?

Pero sin duda el terreno en el que se vive de manera más intensa la esquizofrenia existente entre formas convencionales y emergencias tecnológicas es el de la propiedad intelectual, expresada en  en la piratería.  Si lo vemos globalmente, es  ridículo el que en un mundo en el que la tecnología está logrando democratizarse a un punto impensable hace algunos años, vehículos indispensables para la creatividad, esta resulte restringida por los canales establecidos de intercambio y comercialización. El digital debería cristalizar en una nueva era para las artes y el pensamiento, poniendo al alcance de los seres humanos instrumentos efectivos para la creación en niveles de calidad óptimos, pero lo cierto es que si no se  generan  mecanismos que hagan posible su sostenibilidad, dicho proceso seguirá crispando la “legalidad” internacional, creando “legitimidades”, como la de Wikileaks a su manera, y deformando una realidad que en otra dimensión política, podría augurar uno de los grandes momentos de la humanidad.

En un tercer ámbito,  pareciera ser que esta tendencia a la “democratización” de la tecnología es la que ha logrado que algunos “Estados menores” según los cánones establecidos tras la segunda guerra mundial, hayan conseguido, o estén a punto de conseguir el desarrollo de armas nucleares; el caso de Corea del Norte, Irán o Paquistán.  La situación desespera a las grandes potencias y nos pone al borde de una conflagración bélica con posibles efectos económicos negativos a escala mundial. Pero la pregunta clave es, ¿será posible impedir que a futuro otros “países menos confiables” no accedan a dicha tecnología?, ¿es una fantasía de ciencia ficción el que grupos políticos la consigan en algún momento?.  El problema es que una vez más el avance de ideas y técnica pone en jaque el sistema convencional de manejo político planetario. De esa manera lograr la gobernabilidad del mundo en base a superioridades económicas y militares será cada vez más difícil en el futuro.

Y esa misma premisa es la que se está comprobando una vez más estos días en Cancún.  Hay doscientas y tantas delegaciones que están tratando de ponerse de acuerdo para lograr evitar que el mundo siga calentándose. Aunque suene apocalíptico, es cierto: los ríos se secan, los nevados se derriten, las islas se inundan, las pestes y enfermedades migran, todo ello augurando un desastre global que solo será comparable al de la peste negra en el siglo XIV, y en el fondo todos sabemos que no se podrá llegar a una solución si es que no se acaba con los sistemas de privilegios políticos y económicos, productos de la actual forma de gobernanza que tiene el planeta. Otra forma más  que ya no contiene el crecimiento cuantitativo y cualitativo de la sociedad.

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